lunes, 14 de marzo de 2011

Capítulo VIII

Lily era una visión casi etérea al día siguiente. Su piel, inmaculada hasta ese momento, tenía unas marcas rojas de las que me resultó difícil creerme el culpable. Dormía mientras una placidez pesada flotaba sobre nosotros. Sonreí como un tonto. Por algún motivo, me sentía indescriptiblemente feliz. Ella abrió los ojos mientras yo empezaba a recoger mi ropa. No dijo nada hasta que terminé de vestirme y me senté al borde de la cama.

-¿Cómo terminaste en un sitio como este?

No podía explicar por qué, pero de pronto sentía una irresistible necesidad de saber de ella. Como si no lo supiera ya.

-Mi madre tenía deudas y… no importa – se interrumpió sacudiendo aquella cortina de pelo rubio en la que quería hundir mis dedos una vez más – Yo… ¿volveré a verte alguna vez?

-No lo sé – contesté con sinceridad – Quizá… quizá pueda sacarte de aquí…

Era una proposición tímida, frágil, como una flor que hubiera crecido en medio del asfalto y amenazara con ser pisoteada por algún caminante descuidado o por las ruedas implacables de un carro. Pero era lo mejor que tenía para ofrecer. Una mezcla de duda y esperanza ascendió hacia su cuello.

-¿Cómo vamos a hacer eso? – preguntó con la voz a punto de quebrarse – Un futuro conde y una puta…

Volteé a mirarla con tanta violencia que creo que la asusté.

-No… vuelvas a llamarte así a ti misma – la reprendí – Tú… no eres eso, ¿lo entiendes? Eres mucho más que eso – la besé mientras la decisión crecía dentro de mí. Ella me rodeó el cuello con los brazos y me obligó a hundirme dentro del océano de sus ojos.

-Y tú no eres un futuro conde, ¿verdad? – preguntó con suavidad. Suspiré y me obligué a vomitar la verdad.

-Soy el hijo bastardo de McFarlaine – repliqué, destilando toda mi rabia – Nunca tendré un título, nunca veré un centavo. Viviré y moriré como un simple hijo de pescador…

-Gerard…

El tono melifluo con el que pronunció mi nombre fue suficiente para derretir todo mi odio y mi resentimiento.

-Pero quizá… quizá así podamos estar juntos – enredé mis dedos con los suyos, negándome a apartarme de su calor – Quizá esa sea la clave…

Me interrumpió con sus labios apoyados en mi frente.

-No importa. De verdad. Ya estoy resignada con mi destino y… y me alegra que hayas sido tú quién… fuiste tan dulce conmigo…

-Lily…

No tuve tiempo de agregar nada más. Alguien golpeó la puerta, y ella se alarmó.

-Es madame. Los clientes ya no deberían estar aquí.

No quería dejarla, pero no soportaba la idea que tuviera problemas por mí. Me incorporé de inmediato y ella me guió hasta una ventanita casi escondida que daba a la calle. Pasé le mitad del cuerpo por ella y me di vuelta para darle un último beso de despedida. Luego, me dejé caer hacia aquel sucio callejón, y me deslicé hacia la calle con todo el disimulo posible.

Eso fue todo. O eso habría sido todo si no hubiera notado que había una carroza demasiado elegante estacionada frente al burdel, escoltada por varios soldados que en ese momento irrumpían en él con demasiada violencia. Varias mujeres en distintos grados de desnudez eran arrojadas a la calle mientras el gentío se reunía para contemplar el espectáculo. Madame salió en ese momento, el rostro deformado por la desesperación.

-¡Por favor! ¡Es que no lo entiende…!

-Entendemos perfectamente – decía el caballero. Lo recordaba. Era el que intentó encerrarme el día en que me encontré con Lord McFarlaine… con mi medio hermano, en la playa – Esta casa es un sitio que corrompe la moral y las buenas costumbres de los servidores del conde, y por tanto hemos de cerrarlo y a usted juzgarla como una enemiga del…

-¡Hipócrita! – grité. Mi voz se alzó sobre la cabeza de la multitud para mi propia sorpresa – Cierran la casa porque Madame no respetó el trato que tenía con el conde. Anoche, una muchacha virgen estaba esperando por su heredero…

El caballero, Gregor, me parecía recordar, interrumpió su discurso y con los ojos inflamados de ira, buscó mi rostro entre la multitud, que se apartó de mi como si tuviera la plaga. Gregor avanzó hacia mí, con el brazo en alto, y me cruzó el rostro de un fiero golpe que me hizo perder el equilibrio. Caí de lleno en un charco de lodo, con la sangre bulléndome en los oídos. Me incorporé, limpiándome el rostro como pude, y lo miré directo a los ojos.

Gregor pareció amilanarse. Me reconoció. Reconoció mi rostro, las facciones que habían sido el legado que nunca debió llegar a mí. Y supo que yo lo sabía. Yo conocía el origen de la sangre que me corría en las venas, lo conocía tan bien como el hijo que había sido engendrado en un lecho legítimo. Y podía esgrimir aquel conocimiento como un arma contra el conde, en el momento que me apeteciera.

Me lanzó otro golpe que conseguí esquivar y me escabullí entre el grupo de curiosos.

-¡Insolente! ¡Si vuelves a interrumpir los asuntos del conde, pagarás con tu libertad… y con tu vida!

Me escondí como pude entre los curiosos, y observé con creciente furia como una tras otra las mujeres eran llevadas al carro de la prisión. Las más jóvenes se aferraban con desesperación a Madame. La última en salir fue mi Lily. En medio de aquella mañana gris, arrastrada por esos hombres torpes, parecía más frágil y asustada que nunca. Sólo alcancé a verla un momento antes que la subieran con las demás, cerrarán las puertas con un golpe seco y arrancaran traqueteando por el peso de su carga.

Me alejé con todos los demás, planeando mil venganzas distintas, mil formas de rescatarla. La cólera me invadía, me abrumaba al punto de entrecortarme la respiración. Quería tomar el cuello de Gregor y partirlo en dos. Y también el del conde. Y el de su maldito heredero. Quería que sufrieran, quería que se retorcieran entre mis manos como ratoncillos intentando escapar del gato montés. Una imagen tan horrible, pero tan apropiada que me mareó se me vino a la cabeza: quería arrancarles el corazón y beberme su sangre hasta dejarlo seco.

En medio de aquellas cavilaciones, mis pies me guiaron automáticamente hacia la costa, hacia las playas frías, hacia aquel mar que había sido mi confidente y mi refugio demasiadas veces. Me senté en una roca a meditar, dejé que el sonido de las olas me calmara ¿Cómo iba yo a poder llevar a cabo todos aquellos planes? ¡Él tenía toda una guardia y yo…!

Mis pensamientos volaron hacia William, ese extraño personaje que me había sacado de mi confortable resignación para empujarme a aquel espiral de amargura. Él tenía que ayudarme. Él era la causa de todo esto.

-Si me estás escuchando – le dije al viento – por favor, ven. Tengo que pedirte otro favor, aunque sea el último.

Permanecí en silencio. Ninguna respuesta, ninguna mágica aparición. Con la frustración sumándose a la rabia, escalé hacia el que hasta entonces había sido mi hogar.

Jack me estaba esperando. Se levantó con el paso vacilante. Miré con desprecio la cantidad de botellas dispersas por el suelo y casi me sorprendió que todavía consiguiera mantenerse en pie.

-¿Dónde estuviste? – preguntó con un siseo.

-Afuera – contesté. No tenía tiempo ni ganas de lidiar con él.

-¡Respóndeme! – me exigió yendo hacia mí – ¡Mientras vivas bajo mi techo, mientras yo sea tu padre…!

-¡Tú no eres mi padre! – rugí con un ronquido que me salió del fondo de la garganta. Recibí el segundo golpe de aquel día, más cruel, más sentido que el anterior.

-¡Cállate! – me gritó, descargando un cintarazo tras otro sobre mi espalda – ¡Cállate, estúpido! ¡Cierra la boca! ¡Nunca vuelvas a hablarme así!

En medio del dolor, tuve una revelación: él también lo sabía. Lo había sabido desde el principio. Pero eso no importaba. El dolor, el dolor físico, me hacía olvidarme de todo. De la muerte, de la traición, de los secretos, de Lily… casi tuve ganas de gritarle que me azuzara con más fuerza, pero no fue necesario hacerlo. Siguió y siguió hasta que mi carne se convirtió en una masa de cicatrices sanguinolentas. Hasta que, rendido por el cansancio y la emoción, me sumí en la oscuridad de la inconsciencia.

Desperté con un extraño aroma invadiendo la casa. Abrí los ojos, pero tuve que cerrarlos inmediatamente. El humo que se metió en ellos me arrancó un fluido río de lágrimas, mientras mi garganta se irritaba y ardía. Intenté moverme, pero incluso el más leve roce de mi ropa era una tortura. En ese momento un par de manos firmes me agarraron con fuerza, tiraron de mí sin demasiada delicadeza y me sacaron al frío exterior. Admiré las estrellas por un momento mientras me arrastraban lejos de allí.

Cuando pude volverme, distinguí un brillo rodeando mi casa con fiereza. Mis pensamientos se aclararon lo suficiente para entender que aquello era fuego, un fuego destructor, devorador. Y lo siguiente que acudió a mi cabeza, es que Jack no estaba en ningún lugar donde yo pudiera verlo. Grité su nombre por puro instinto, pero entonces un rostro se perfiló frente a mí y me puso los dedos en la boca.

-¡Calla! ¡No puede contestar! Ya está muerto… ¡está muerto y esta es su pira funeraria!

La risa maniática de William inundó el aire. Me quedé contemplándolo danzar y gritar y aullar como si fuera un titiritero desquiciado, y yo una marioneta rota con cuentas de vidrio en lugar de ojos. Poco a poco, mi entendimiento regresaba, y con él, los sentimientos, y el más fuerte de todos ellos, el miedo. Debía correr. Huir. Alejarme de William. Cuánto antes.

Pero no lo hice. En lugar de eso, sólo permanecía allí hasta que bajó de su éxtasis desquiciado y volvió a mirarme.

-¿Quién eres? – pregunté con la voz temblorosa – ¿Qué eres?

William se acercó a mí. Su piel estaba cálida por el fuego y la sangre.

-¡Soy! ¿Qué soy? ¡Soy una pesadilla, un demonio, un monstruo! ¡Soy la Muerte, la Muerte en persona! ¡Y la Muerte en persona está enamorada! ¡De ti, muchacho precioso! Te escuché llamarme… pero no pude acudir hasta que las sombras me cuidaron – señaló la casa, que ahora no era más que una bola de calor expandiendo sus brazos hacia el cielo nocturno – Te vengué. Está muerto. Y ahora… ahora pídeme lo que quieras. Pídeme lo que sea, yo te lo daré.

Pude haber pedido algo simple. Pude haber pedido que sacara a Lily de su encierro, que nos llevara lejos a los dos. Pude haber pedido protección, quizá riquezas. Pero las heridas estaban demasiado frescas, la venganza aún no era completa. Yo quería más. Alcé la vista hacia él, y con una determinación que jamás había sido mía, repliqué:

-Quiero ser el Conde McFarlaine.

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