Mienten cuando dicen que Nueva York nunca duerme. Exactamente a la hora que la noche empieza a declinar, pero no ha comenzado amanecer aún, en ese intervalo gris que algunos llaman alba, la ciudad está completamente muerta. Es muy tarde para los noctámbulos, demasiado temprano para los madrugadores. Los únicos que estábamos despiertos a esa hora éramos los vampiros que nos dirigíamos a casa.
Frank saltaba algunos pasos delante de mí, bailando todavía como si la música no hubiera dejado de sonar, tarareando la letra de la canción que me había obligado a “bailar”, o mejor dicho, a pararme como un idiota en medio de la pista. Pero no estaba enojado. Me sentí, increíblemente, en paz conmigo mismo.
Frank saltó a un poste y se balanceó, todavía sonriendo como un niño.
-¿No estás cansado?
-Yo nunca me canso – replicó Frank – Es la razón por la que me llamas pequeño demonio, ¿recuerdas?
Tenía un punto allí. Estiré los brazos hacia él y lo mantuve en alto cuando saltó a ellos. Se sentía tan bien, esta sensación de que todo iba a bien, esta normalidad. Besé la punta de su nariz antes de bajarlo.
-Estaba pensando… Elenor nos necesita aquí por ahora, pero cuando termine… tal vez tú y yo… podríamos hacer un viaje…
-¿Un viaje? – Frank ladeó la cabeza como si no entendiera lo que intentaba decir – ¿A dónde?
-No lo sé, a dónde tú quieras – me encogí de hombros – Tal vez Europa.
-Oh, ¡ya sé! – el rostro de Frank se iluminó con entusiasmo – ¡Podríamos ir a Escocia! Podrías enseñarme el lugar de donde vienes…
Negué con la cabeza, tratando de que no viera lo mucho que me afectaba esa petición.
-Nunca he vuelto desde que me fui. No debe quedar nada de ese lugar – reflexioné – La aldea seguro desapareció hace mucho, el castillo debió quedar en ruinas… cuatrocientos años… puede que incluso el mar se haya tragado la playa…
-¡El mar! – exclamó Frank, mientras nos acercábamos a nuestro edificio – Nunca he estado en el mar. Siempre le pedí a mi abuelo que me llevara, pero… ¿cómo es?
-¿El mar? – de pronto me di cuenta que hacía décadas que no había ido a la playa, a visitar a mi viejo amigo de la infancia, al océano – Es… arrollador. Abrumador. Simplemente… simplemente tienes que respetarlo, ¿sabes?
-Apuesto a que es hermoso – comentó Frank con un suspiro. Me paré justo frente a nuestra puerta, y jugueteé con las llaves.
-Te llevaré a verlo – dije en un impulso. Los ojos de Frank se alzaron hacía mí con ansiedad.
-¿De veras?
-Sí. Te prometo, Frank, que te llevaré a ver el mar. Tan pronto como me sea posible.
Frank sonrió ampliamente y me echó los brazos al cuello, listo para besarme de nuevo. Eché la cabeza hacia delante para recibirlo, cuando…
… la detonación vino de ningún lado, y de todos lados al mismo tiempo. El olor de la pólvora me quemó la nariz y el aire a nuestro alrededor se enrareció con demasiada rapidez, como un acechador que sale de las sombras para saltar sobre su presa. Estreché a Frank contra mí y miré a todos lados, tratando de descubrir de donde venían cuando una segunda andanada de disparos cayó sobre nosotros y a nuestro alrededor.
-¡Maldición! – grité, y luego rompí la puerta. Mejor vidrio que balas de plata.
Obligué a Frank a esconderse detrás del escritorio del conserje y traté de buscar una salida. Mi mente funcionaba con rapidez, siendo reemplazada por un montón de ideas inconexas. Nos estaban esperando. Nos había rastreado. Nos habían seguido. No podíamos volver al apartamento. Necesitábamos… salir de ahí. Rápido. Ahora. El garaje.
La puerta de acceso estaba al otro lado de la sala, y por muy rápido que nos moviéramos, podríamos ser blanco fácil de las balas. Pero había que intentarlo. Le expliqué a Frank lo que íbamos a hacer.
-Mantente detrás de mí todo el tiempo – le ordené. Frank asentía a cada una de mis palabras, obviamente demasiado impresionado para decir nada – Derribaré la puerta. Tenemos que llegar hasta mi auto.
-¡Gerard, espera!
El beso que me plantó tenía un agridulce sabor a miedo. Rogué que no fuera ninguna clase de presagio. Íbamos a estar bien, teníamos que estarlo. No lo dije en voz alta. Cuando nos separamos lo tomé fuerte del brazo y lo ayudé a salir de nuestro precario refugio.
Los disparos provocaron tal cantidad de humo y ruidos que era imposible que le dieran a algo. Tontos Cazadores. Frank corrió a la par y los dos nos lanzamos a la puerta al mismo tiempo, que cedió de inmediato, como si estuviera hecha de madera balsa. Aún así me hizo daño en el costado de las costillas mientras corríamos tratando de ubicarnos en los lugares más difíciles de alcanzar.
En algún momento, mientras la presencia de los Cazadores empezaba a invadir el garaje, Frank se separó de mí y corrió hacia el auto. Yo iba a seguirlo. Tenía que hacerlo. Pero de pronto las piernas me temblaban. El dolor en el costado me estaba matando. Apoyé la mano y para mi horror, sentí un líquido viscoso deslizándose entre mis dedos. Me habían dado. Demonios.
Otra detonación. Un disparo a ciegas. Tenía que moverme, ahora mismo. Frank gritó mi nombre. Ojala no lo hubiera hecho, ahora podrían ubicarlo y… no. No, a mi muchacho precioso no. No mientras yo respirara y pudiera mantenerme en pie. Lancé una explosión mental, explorando el garaje. Tres Cazadores en diferentes puntos, Frank agazapado junto al auto.
Hubo más tiros cuando me moví pero hice todo lo posible por ignorarlos. Frank era todo lo que importaba, tenía que llegar hasta él, decirle que huyera, que no se preocupara por mí. Pero eso sería inútil. Cuando sus brazos se aferraron a mis hombros, comprendí que no se iría de allí sin mi. Y también comprendí que acababa de ver mi herida por el modo en que jadeó.
-No es… no es nada – murmuré, pero no estoy seguro si me oyó. Lo siguiente que supo es que estaba abriendo la puerta del asiento trasero y tendiéndome allí cuan largo era.
Cerré los ojos. Las olas de dolor me invadían y me confundían. Frank estaba subiendo al auto, lo estaba encendiendo… no, ¿cómo podía encenderlo si no tenía la llave? Entreabrí los ojos y vi sus dedos hábiles manipular los cables debajo del tablero. Casi tuve ganas de reírme, ¿dónde habría aprendido a hacer eso?
El sonido del motor fue la cosa más reconfortante que había escuchado en años. El auto estaba en movimiento. Hubo más tiros, y vidrios rotos, pero el motor rugía y rodaba hacia la salida. Frank lo había conseguido. Lo estaba sacando de ahí. El asfalto chirrió bajo las ruedas mientras nos alejábamos. Frank decía algo, algo acerca de ir con Elenor, algo que no pude entender del todo bajo los disparos que aún sonaban lejanos. Traté de poner atención.
-¡… tienes que resistir! – estaba diciendo – Gerard, por favor, ¡tienes que aguantar…!
¿Resistir? ¿Aguantar? ¿Qué cosa? No sentía ningún dolor. Quise decírselo, pero mi voz sonó débil y desarticulada. Quise decirle que no importaba, que lo esencial era que él hubiera escapado, que él estaba bien. Que él estuviera bien…
-¡… Elenor sabrá que hacer! ¡Por favor…!
… que lo amaba, que debería habérselo dicho más seguido…
-¡… por favor! ¡Gerard!
… que lamentaba no poder cumplir mi promesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario