lunes, 14 de marzo de 2011

Capítulo IX

Cuenta el mito que Ganímedes era un joven príncipe troyano de gran belleza. Zeus, a pesar de sus tres esposas y múltiples amantes, lo vio y se enamoró perdidamente de él. Tomó la forma de un águila, lo raptó, y una vez en el Olimpo, le concedió la inmortalidad.

Escuché ese mito hace demasiados años, en circunstancias que me da pereza recordar. Pero no puedo evitar creer que los griegos sabían de lo que estaban hablando. Los muchachos preciosos son propensos a ser raptados por algún despiadado ente sobrenatural.

Claro, que yo no era un dios. Ni tenía un Olimpo que ofrecerle a Frank. Pero él parecía demasiado poco interesado en esas cosas mientras coqueteaba con dos chicas que – teóricamente – constituirían su caza aquella noche. A pesar que yo también tenía una presa de la que ocuparme, no podía quitarle los ojos de encima. La forma en que les susurraba al oído. Los dedos que deslizaba subrepticiamente bajo sus faldas, haciéndolas reír nerviosamente. Cómo sonreía, tan seguro de sí mismo.

La chica a mi lado me rozó el brazo con sus dedos finos. En sus pensamientos, se había implantado la idea de irse a la cama conmigo a cualquier costo. La situación era casi cómica.

-Entonces… ¿qué me dijiste que haces para vivir?

-Es… largo de contar – “Soy un vampiro” – ¿No podemos ir a algún lugar más privado? – “Y solamente me interesas por tu sangre.”

-Mi apartamento está aquí a la vuelta…

No podría habérmelo puesto más fácil. Francamente, aquello estaba tornándose aburrido en grados que jamás creí que llegaría a alcanzar. Me levanté con ella y dejé que se adelantara un poco mientras transmitía un solo pensamiento hacia Frank: “Te veo de vuelta en el apartamento.” Frank asintió, como distraído, y continuó jugueteando con aquellas insulsas muchachas.

Mi presa me guió hacia un pequeño y desordenado lugar, que tenía grafitis pintados en la entrada y un ascensor que anunciaba descaradamente que estaba roto. El alcohol hacia incoherente sus pensamientos. Pensaba en el novio que había echado hacía menos de cuarenta y ocho horas, pensaba en la humillación del engaño por el que la había hecho pasar, pensaba que un poco de sexo por venganza con aquel guapo desconocido cuyo nombre no había conseguido retener no le haría ningún mal. En el fondo de su mente, brillaba una luz de advertencia sobre su arrepentimiento del día siguiente.

Era tan decadente que casi sentí pena por ella. Me dieron ganas de decirle que al día siguiente no estaría viva para arrepentirse. En vez de eso, la besé (sus labios, resecos, ni de cerca tan atractivos como los de Frank), dejé que sus dedos (ni tan ágiles ni tan certeros como los de Frank) se deslizaran bajo mi ropa, acaricié su piel (no tan tentadora como la de Frank) y consentí en dejarla encender mis deseos.

¿Por qué estaba haciéndolo? Por lo general despreciaba aquella clase de contacto, no me traía un placer comparado con la sangre, el juego de seducir a mis víctimas no era más que eso, un juego carente de significado en el que yo era el único ganador.

Pero esa noche, no podía quitarme la imagen de Frank y sus dos conquistas de la cabeza. Mi cuerpo se guiaba solo, respondiendo al de esa chica descorazonada; mientras mi mente no se apartaba de mi compañero, de mi muchacho precioso, ni por un segundo. Recordé la forma en que inclinaba la cabeza y reía. Como si el mundo fuera suyo. Porque era suyo. Yo se lo había dado.

De alguna manera, me encontré en la cama de aquella chica, recibiendo sus besos y caricias de forma automática. Su pensamiento era tan confuso como antes. La miré con piedad. Luego incliné su cuello hacia atrás y acabé con esa cosa retorcida que estábamos haciendo. No sentí la emoción de la caza. Más bien fue como sacrificar a un animal herido. Y de todos modos, estaba ansioso por volver junto a Frank.

Mientras regresaba a mi ascético e impersonal apartamento de Jersey, estaba inquieto por alguna razón que no conseguía entender. Por primera vez en siglos, no había disfrutado bebiendo sangre. Lo había hecho de forma maquinal, instintiva. No había sentido el momento en que mi piel se puso cálida, no había estado atento a los latidos de su corazón apagándose. Todo en lo que podía pensar era en Frank.

Edgar, que estaba hurgando en un basurero a un costado, me vio pasar y saltó a mis pies, maullando. Lo recogí y hundí los dedos en su largo pelaje negro. Mis pasos rítmicos en la escalera hicieron eco de las preguntas que me corroían el cerebro: ¿Y qué si Frank no estaba esperándome? ¿Qué si estaba por ahí con sus dos pequeñas presas? ¿Qué si había decidido tratarlas como algo más que presas, o no tratarlas como presas en absoluto? ¿Había cometido un error dejándolo solo?

Todo eso dejó de tener la más mínima importancia cuando entré y descubrí su figura diminuta extendida cuán larga era bajo las sábanas. Solté a Edgar, que se fue a la cocina a buscar su leche sin dilación; y pasé por encima de la ropa que Frank había dejado descuidadamente sobre el suelo. Percibí algunas manchas de sangre minúsculas en ellas. Definitivamente, mi muchacho precioso estaba mejorando.

Me despojé de la chaqueta mientras me deslizaba en la cama junto a él. Atraje su cuerpo desnudo hacia el mío y lo besé levemente en el cuello. Su piel estaba cálida y sonrosada y me produjo que una marea de adrenalina corriera por mis músculos. Frank abrió los ojos perezosamente y se dejó hacer mientras yo cubría su espalda de besos.

-¿Qué tal ha estado? – pregunté. Frank se removió para mirarme a la cara.

-¿De verdad quieres hablar de eso? – replicó, echándome un brazo al cuello, mientras el otro se deshacía de mi remera con gesto experto.

Reí cuando nuestras pieles entraron en contacto. Se me erizaron los pelos de la nuca. Exploré la boca de Frank, su cuello, su pecho. Todo en él estaba diseñado para provocarme, para ser un asalto a mis sentidos. Todo en él era perfecto. Mi pequeño muchacho precioso.

Frank no quería quedarse atrás. Sus dedos curiosos se dedicaron a buscar mis puntos más vulnerables. Cuando alcanzó mi entrepierna, me separé con un gemido sorprendido. Él me sonrió, satisfecho de sí mismo.

-¿Qué? – preguntó, insolente.

Sacudí la cabeza y lo atraje más hacia mí. Quería fundirlo contra mí, guardarlo bajo mi piel y llevármelo al Olimpo, lejos de todo y de todos. De pronto, sin darme cuenta, había recuperado el éxtasis que no sentí mientras estaba cazando. Lo empujé contra las sábanas, y sujeté sus muñecas por encima de su cabeza.

-¿Te trae recuerdos? – pregunté juguetonamente – ¿O más bien ideas?

Los ojos de Frank estaban abiertos de par en par, y yo entendí lo que quería decir. Esto era lo más lejos de lo que habíamos llegado jamás. Pero ninguno de los dos tenía ganas de detenerse ahora. Me incliné sobre él.

-Tranquilo – le susurré al oído. Frank clavó sus uñas en mi espalda.

-Te deseo – replicó, con la respiración entrecortada.

Me detuve un segundo a aspirar el aroma de su cabello, sólo el tiempo suficiente para sentir su lengua pasando por mi cuello. Demasiado tarde, comprendí lo que iba a hacer. Traté de apartarme, pero él ya me había clavado sus colmillos.

Toda la excitación anterior desapareció como si un hoyo negro se la hubiera tragado. Mi sangre fluyó hacia la boca de Frank, que de pronto se sentía rígido y tenso entre mis brazos. Por un segundo, me mareé, me perdí completamente, no supe que hacer. El tiempo se detuvo bruscamente, y luego comenzó a retroceder. Mil imágenes que no hubiera querido revivir pasaron delante de mis ojos, cientos y cientos de víctimas desfilaron sus rostros horrorizados frente a mí, todas las noches que había vivido se fundieron en una sola, oscura, infinita. Toda la sangre era igual, todas las risas, las lágrimas, el miedo. Todo se licuaba y se desvanecía, todo parecía perderse e ir a parar a la boca de Frank. Hasta que reconocí el rostro de Lily en aquella procesión de máscaras.

Entonces reaccioné. Sin ninguna delicadeza, puse mis manos en sus hombros y lo empujé, apartándolo de mí. El punto donde me había mordido me escocía como si hubiera puesto una marca de hierro candente en ella, pero no le presté atención en ese momento. Frank permanecía inmóvil, con los ojos muy abiertos y mi sangre deslizándose por su barbilla. Desesperado, lo sacudí y lo llamé, creo que incluso llegué a golpearlo. Su mirada vacía se clavó en mi rostro, y poco a poco un destello de reconocimiento se expandió por ella.

Aliviado, vi como finalmente se estremecía débilmente, respondiendo a mis llamados. Se incorporó un poco en la cama, miró alrededor… y luego se echó a llorar desconsoladamente.

-Debí decírtelo – me recriminé mucho más adelante, cuando finalmente se hubo calmado – Cuando bebes la sangre de otro vampiro, obtienes un pantallazo vívido de todo por lo que este ha pasado.

Frank se recostó contra mi pecho, no con el ansia del amante provocado, sino como un niño que buscara el consuelo de su padre. Lo apreté contra mí. Todavía estaba temblando un poco, y en su cara había rastros de la sangre seca de sus lágrimas.

-Fue demasiado para ti – seguí, tratando de mantener un tono calmado – Lo lamento.

Él no respondió. Suavemente, lo acosté contra las sábanas manchadas de rojo borgoña. Sus ojos se clavaron en mí, y comencé a inquietarme de nuevo.

-Di algo – le rogué, temiendo de pronto que no volvería a oír su voz – Lo que sea. Dime qué viste.

Él puso las manos en mi rostro y me obligó a mirarlo

-Cuatrocientos años – murmuró, como si tuviera la lengua seca – Y has… ¿has estado solo… todo ese tiempo?

Negué con la cabeza y lo abracé mientras un rayo de sol intruso se deslizaba por la ventana, anunciando que nuestra hora había pasado. “Algún día” pensé, mientras lo besaba en la frente “Algún día te contaré todo.”

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