jueves, 17 de marzo de 2011

Capítulo XXXVI

-Buenas noches – murmuré en su oído antes de despertarlo con un beso. Frank protestó un poco.

-Es temprano…

-Son las siete, acaba de bajar el sol – contesté. Frank protestó de nuevo y finalmente se dio la vuelta, entreabriendo los ojos. Puso su mano en mi hombro y tiró de mí para hacerme caer sobre él.

-¿Por qué demonios estás vestido? – preguntó mientras me besaba. Tuve ganas de dejarme envolver por esas caricias, pero tenía aún más ganas de ver su reacción.

-Porque… habría sido inapropiado recibir a los del correo desnudo…

-¿El correo? – Frank se quedó estático y extrañado – ¿Qué tienes tú que ver con el correo?

-Bueno, ya sabes, el que seas vampiro no significa que no recibas facturas… y compres regalos…

-Mmm… ¿regalos? – Frank lanzó una risita – ¿Es un regalo para mí o para los dos?

-Si tengo suerte, acabará siendo para los dos – murmuré y me levanté – Vamos, quiero que lo veas…

-Oh, ¿qué podrá ser? – se rió Frank, antes de embutirse despreocupadamente en un par de jeans. Yo sonreí, bastante seguro que no se lo esperaba.

En efecto su reacción me dijo que esperaba cualquier cosa menos eso. Cuando entró en la sala y vio la guitarra, montada cuidadosamente en medio de la alfombra, con la lustrosa madera brillando bajo las luces de la sala, su mandíbula cayó de manera automática. Tenía que admitir que el instrumento era precioso. Los ojos de Frank recorrieron ávidamente cada una de sus curvas y adornos ambarinos. Dio paso hacia ella, boquiabierto, como si estuviera inseguro de si podría tocarla. Se volvió hacia mí con mucho esfuerzo.

-¿Es… es… es para mí…? – tartamudeó.

-Yo no tengo idea de música, así que debe serlo – me encogí de hombros y sonreí. Frank se volvió otra vez a la guitarra, sin decir una palabra, como si estuviera en shock. Yo empecé a sentirme inquieto – El sujeto que me la vendió dijo que sólo hay unas 480 en el mundo… o algo así… y… bueno… ¿te gusta?

-¡¿Gustarme?! – Frank me echó los brazos al cuello y casi me derriba - ¡¡Me encanta!! ¡¡Es hermosa!!

Me estampó un beso brusco y corto y luego corrió hacia la guitarra y la levantó como si se fuera a desvanecer en el momento que pusiera sus manos en ellas.

-Nadie ha hecho algo así por mí… jamás… - comentó mientras la inspeccionaba con los ojos tan brillantes como la propia guitarra – ¿Es una Gibson Charlie Christian? ¡Debió costarte una fortuna!

De hecho, Raymond me había robado cuatro mil quinientos de los seis mil que originalmente pretendía, pero no le iba a decir eso. En su lugar, me senté en el sillón y lo contemplé mientras templaba las cuerdas de manera casi reverencial.

-Toca algo – lo animé.

-Estoy fuera de práctica – murmuró, pero yo estaba seguro que se moría por arrancar un par de notas de la guitarra.

-Vamos, toca algo – insistí – ¿Para mí?

Frank suspiró y luego empezó a tañer las cuerdas con cuidado, con verdadero cariño, como un niño que tantea, pero que en el fondo conoce el camino. Cerró los ojos, como si la música pudiera escapársele de los dedos si los mantenía abiertos. La melodía comenzó suave, acogedora. Tuve ganas de cerrar los ojos también, pero no lo hice. La imagen de Frank haciendo murmurar a la guitarra, la expresión en su rostro… jamás lo había visto así… como si estuviera completamente alejado de mí… en un mundo aparte donde nada podía tocarlo…

-Love me tender, (Ámame con ternura)

Love me long, (Ámame por mucho tiempo)

Take me to your heart. (Llévame a tu corazón)

For it's there that I belong, (Porque allí es donde pertenezco)

And we’ll never part. (Y nunca nos separaremos)

La voz de Frank me sorprendió. Era confusa y ligeramente destemplada, pero había algo… apasionado en ella. Hubiera podido escucharlo por siempre.

-Love me tender, (Ámame con ternura)

Love me dear, (Ámame con cariño)

Tell me you are mine. (Dime que eres mío)

I’ll be yours through all the years, (Yo seré tuyo a través de los años)

‘Till the end of time. (Hasta el fin de los tiempos)

Acarició la guitarra una vez más y las últimas notas se desvanecieron en el aire. Frank abrió los ojos, rompiendo el hechizo y esbozó una sonrisa por el costado de la boca.

-No creo que tuviera idea de lo que estaba hablando – murmuró.

-Ven acá, muchacho precioso – dije, palpando el asiento vacío a mi lado.

Frank depositó la guitarra con cuidado de vuelta en su soporte y se acercó a mí. Puse las manos en su rostro y lo besé suavemente, manteniendo una pequeña distancia entre nosotros aún. Frank se rió.

-¿Acabo de seducirte o algo así?

-No tienes que seducirme – le aclaré – Ya soy tuyo, ¿lo ves? Haría lo que fuera por ti…

-¿Lo que fuera?

-Lo que fuera – afirmé – Con una sola condición.

Lo rodeé con los brazos y lo acerqué un poco más. Su sonrisa traviesa se había desvanecido del todo, y en cambio tenía una expresión seria que lo hacía parecer ligeramente cómico.

-¿Cuál es la condición? – preguntó, reclinándose sobre mi.

-Que te quedes – murmuré, sabiendo que estaba pidiendo algo que con el tiempo se haría virtualmente imposible – Que te quedes conmigo… aquí – enlace sus dedos y los puse con cuidado a la altura de donde se suponía que estaba mi corazón.

Frank suspiró con fuerza, y por un segundo pensé que me iba a decir algo, pero en cambio decidió besarme. Sentí todo su cuerpo vibrando mientras se pegaba a mí, mientras lo recostaba en el sillón, mientras pasaba las manos por mi pelo, todas sus caricias llevándome el borde de la locura. Había tardado cuatrocientos años en volver a encontrar a alguien que me hiciera sentir así, así de emocionado, así de ansioso, así de… de…

Frank se separó un poco. Había estado siguiendo el hilo de mis pensamientos, lo supe por la mirada en sus ojos. Seguía estando serio, pero ya no era cómico.

-Dímelo, Gerard – rogó en un susurro – Dímelo, por favor. Necesito oírlo.

-Frank…

-Sé que no se lo has dicho a nadie desde que murió Lily – siguió y me sobresalté un poco cuando lo escuché nombrar a mi esposa con tanta familiaridad – Sé que no crees que es necesario… pero, por favor, por favor… si tan solo pudieras…

Lo acallé con un beso en el cuello.

-¿Nunca te lo han dicho, no es así? – adiviné. O quizá lo leí en su mente, no estoy seguro – Ni tus padres… ni tu abuelo… ni siquiera esa chica…

-Jamia – aportó él, y bajó los ojos avergonzados – Yo sólo… quiero saber si puedo… significar algo así para alguien…

-Ahora mismo – lo interrumpí – significas el mundo para mí.

Lo besé otra vez. Y otra. Y otra, hasta que los dos nos quedamos sin aire. Estaba listo, y de hecho considerando muy seriamente el llevármelo a la cama de nuevo antes de ir a cazar cuando… comenzó de nuevo.

-No puede ser – murmuré frustrado mientras me levantaba.

-¿Qué pasa? – preguntó Frank y estiró la mano para tocar la mía. Lo comprendió automáticamente – Oh…

Inmediatamente después, el portero sonó, como una chicharra aplastada que lanza su último grito agonizante.

-Voy yo – se ofreció Frank – Antes de que empiece a afectarme a mí también…

Se levantó dejándome solo en el sillón, y yo me desplomé entre los almohadones justo antes de que la habitación empezara a girar. Habíamos estado tan cerca de compartir otro de esos momentos perfectos en que todo parecía reducirse a nosotros, y él tenía que aparecer. Esta vez me lo pagaría caro.

Distinguí la voz de Elenor hablando con Frank en el altoparlante.

-¿Puede esperar? Estamos… en medio de algo…

Cállate, quise gritarle. Eso no es asunto de nadie. Mi estómago empezó a retorcerse de forma casi cruel. Elenor contestó algo ininteligible.

-Está bien, espera – Frank se asomó desde la cocina para mirarme – Elenor necesita hablar contigo de algo urgente. Y… mencionó algo de devolverte a tu gato…

-Está bien – murmuré, tratando de mantener la calma para no explotar – Está bien… déjala pasar, pero… maldita sea, ¡que ni se le ocurra que Michael podrá poner un pie en mi departamento!

-Gracias – suspiró y cuando abrí los ojos, noté que él también tenía las mejillas sonrojadas de manera febril. Hablando de familias poco saludables.

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