martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XI

Frank eligió nuestro campo de caza aquella noche. Se trataba de un bar bastante pequeño en realidad y lleno a rebosar. A diferencia de otros lugares, la música aturdidora que salía por los parlantes no era aquel repetitivo ruido electrónico, sino algo más estridente e incómodo, ensalzado con baterías y bajos cuya combinación era demasiado poco agradable para mi sentido del oído.

Mi compañero, sin embargo, parecía estar demasiado feliz.

-Esto es – me contó, hablándome alto al oído para que pudiera escucharlo – Esto es lo más cerca del mundo de las sombras que llegué… antes de conocerte a ti…

-¿Solías venir aquí a menudo? – quise saber, preocupado.

-No a menudo – me tranquilizó él – No siempre me dejaban pasar. Pero, Gerard, ¡mira alrededor! Estas personas estarán incluso felices de morir a manos de un vampiro.

Tuve que admitir que al menos esa era la impresión que daban. Había una omnipresente nube de humo en el aire, que no solamente era de cigarrillo, y gente vestida de negro y con maquillajes estrafalarios sentados en la barra. Toda la concurrencia, era tan bizarra como el lugar, en cuyas paredes se veían colgados posters de viejísimas películas de vampiros, incluyendo una gigante de Bela Lugosi.

-Una deliciosa ironía – murmuré, y empecé a analizar a aquella extravagante multitud en busca de quién tendría la suerte de conocer a su creador aquella noche.

Me desagradó el hecho que la mayoría tuviera el cerebro embotado por las drogas. Aquella cosa estaba en su sangre, y si llegaba a morderlos estaría en la mía, cosa que no podría incomodarme más. Frank, con muchos menos escrúpulos que yo, estaba extendiendo sus muchos encantos sobre una muchacha de medias de red y falda púrpura, cuyos ojos inyectados en sangre me demostraban que aquella noche ya había bebido lo suficiente para ser una presa demasiado fácil a nuestro influjo.

-¿Cómo te llamas, preciosa? – le preguntó con su voz más seductora, poniéndole una mano en el mentón para obligarla a mirarlo a los ojos.

-Moon… Moon – contestó la chica, en un susurro confundido. El poder de mi amigo sobre ella surtía un efecto aún más mareante que cualquier droga que ella hubiera tomado.

-Moon – Frankie se inclinó para susurrarle al oído (pero conseguí oírlo de todas maneras) – Es un muy bonito nombre… ¿sabes…? – su lengua se deslizó discretamente por el cuello de la chica.

El trago que fingía estar bebiendo explotó en mi mano estrepitosamente y las astillas del vidrio se hundieron en la carne de mi mano, derramando abundante sangre sobre la barra. El cantinero me gritó algo con enfado acerca de manchar su bar, y Frank se volvió a mí con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa.

-¿Estás bien? – preguntó con preocupación. Lancé una maldición en voz alta mientras aquel dolor punzante se extendía por todo mi brazo.

-Sí… - le aseguré – Estaré bien un segundo.

Sin agregar nada más, me levanté y fue al desastroso baño del local.

El agua tardó un rato en correr mientras yo intentaba sacarme todos los pedazos de cristal. Mis heridas estarían sanadas en menos de cinco minutos, el dolor no era el problema. El problema era por qué había perdido el control de esa manera. Claro, tenía suficiente fuerza para destruir prácticamente cualquier objeto a mi alrededor, lo sabía, pero había aprendido a mantenerme tranquilo para no hacerlo, me había tomado décadas de práctica.

Pero, maldita sea, cuando había visto a Frank coquetear con la chica de aquella manera… había habido una patada en mi corazón que ensombreció mi cerebro por completo durante unos segundos…

No. Me negué a pensar en eso. Hacía siglos que no sentía aquellas emociones, las había encerrado por mi propio bien. Frank era mi distracción, mi juguete, ¿y acaso no había sido yo el que lo convirtió en el monstruo que era y le explicó como tenía que actuar? No tenía ningún derecho a sentirme de esa manera. Esperé a que las cicatrices de mi mano se borraran para encaminarme hacia la puerta.

Pero no pude hacerlo. En ese momento la puerta se abrió y entró la chica de la falda púrpura y los ojos inyectados. Moon. Parpadeó un par de veces, tratando de enfocarme con la mirada, y luego sonrió como si todo aquello no fuera más que una agradable confusión.

-Tu amigo me dijo que quizá necesitarías compañía – murmuró y dio un par de pasos vacilantes, pero rectos hacia mí. Quizá no estuviera tan ida como había pensado en un principio.

-Estoy bien, muchas gracias… - traté de esquivarla pero no pude.

-Frank me dijo que quizá reaccionarías así – comentó, apoyándose en mi pecho seductoramente – Pero que debía insistir… si es que quería una experiencia de muerte…

Maldije para mis adentros ¿Desde cuándo Frank era “Frank” para esta entrometida? La miré hacia abajo. Aún con aquellas botas altas de tacones aguja, yo la sobrepasaba por mucho. Ella me sonrió y empezó a pasar sus dedos hacia arriba y hacia abajo por mi brazo. Me relamí los labios.

-¿En serio quieres una experiencia de muerte? – pregunté, sintiendo que mi garganta seca me ordenaba que me dejara de todos aquellos juegos.

Su sonrisa se hizo más ancha mientras trataba de alcanzar mis labios. Yo la esquivé y pasé directo a su cuello, al mismo punto que Frank, mi Frank, había besado. Busqué su sabor en medio del perfume y el aroma de la sangre de aquella chica y encontré apenas un trazo, pero lo suficiente para hacerme perder la cabeza.

Cogí a la chica por la cintura y la acerqué a mí. Algo que no era ni sed ni instinto me decían que ella debía morir, debía morir porque vino voluntariamente a la muerte, porque se atrevió a pensar que jugaba conmigo… porque trató de seducir a mi muchacho precioso, que era mío, solamente mío. Trató de buscar el cierre de mi pantalón, pero no la dejé.

La empujé sin miramientos contra un los manchados espejos del baño, con tanta suerte que se rompieron y le hicieron un corte en la cabeza del que manó abundante sangre. El cazador en mí se despertó en ese momento. Tomé la mano de la desconcertada muchacha sin ninguna clase de remordimientos y le reventé una vena a mordiscones.

Ella gritó, gritó con todas sus fuerzas, pero le tapé la boca con la mano y seguí bebiendo hasta que mi boca estuvo llena de su esencia. Levanté la vista para mirarla. Todo su maquillaje estaba disuelto en lágrimas negras que manchaban su rostro desfigurado.

-¡¿Quién eres?! – me preguntó en tono histérico, dándose cuenta de pronto que aquello no era un juego.

-Soy la Muerte, nena – me presenté con una risita que no pude evitar – ¿No me venías a buscar a mí?

Antes de que pudiera contestar, me lancé sobre su pecho, clavé mis uñas en él y escarbé, escarbé a través de la piel, y la carne, y los tendones, escarbé hasta encontrar lo que buscaba. Su corazón seguía latiendo cuando hundí mis manos en ella y se lo arranqué de cuajo. Lo levanté sobre mi cabeza y dejé que la sangre cayera en mi boca, se deslizara por la comisura de mis labios, me manchara completamente ¡Aquello era el éxtasis, era la redención! ¡Para eso había sido creado!

Estrujé el corazón en mis manos hasta que no quedó una sola gota en él, hasta que se convirtió solamente en un pedazo de carne seca. Entonces lo arrojé con desprecio al otro lado del baño y me volví hacia la chica, cuyos ojos vidriosos y sin vida todavía estaban clavados en mí. Deposité dos delicados besos sobre cada una de sus párpados y luego los cerré para siempre.

No tenía caso tratar de limpiarme, estaba completamente manchado. Pensé en buscar a Frank con la mente y pedirle que me encontrara en algún callejón cercano… pero fue entonces cuando escuché los gritos. Eran gritos desesperados, un coro de histeria masiva que se iba apagando con la misma rapidez que las estrellas con el amanecer. Salí del baño lo más rápido que pude y la escena que se perfiló ante mis ojos, me dejó a la vez paralizado y extasiado.

El oscuro bar que antes estaba lleno del rumor de gente, ahora se encontraba en silencio de no ser por los parlantes, que seguían interpretando su música indolentemente. A la entrada del baño había tres tipos con los cuellos rotos, y por todos lados se veían figuras que sin duda habían caído donde estaban. El lugar era un reguero de sangre incluso peor que el que yo había hecho, y mientras más avanzaba, más estupefacto me sentía. Al cantinero le habían reventado la cabeza contra las botellas de su propio bar, y todo estaba convertido en un desastre de vidrios y alcohol. El aroma dulce de la sangre inundaba el lugar como antes había hecho el humo.

-¡¡Frank!! – llamé, angustiado, contemplando aquella carnicería, que no podía ser obra de nadie más que de otro vampiro o incluso de un grupo de ellos. Mi compañero no estaba en ningún lado. Lo llamé de nuevo, una y otra vez, con el agobio creciendo en mi pecho.

Hasta que por fin, al fondo, vi una figura diminuta moverse y correr hacia mí. Antes de saberlo, lo tenía de vuelta en mis brazos.

-¡Gerard! – gimió – Casi te atrapan… casi… escucharon a la chica gritar, te iban a encontrar… no podía… tenía que pararlos…

-¿Qué hiciste? – pregunté, apartándolo para mirarlo mejor. Su rostro, su ropa y sus manos estaban teñidas de carmesí, igual que los míos – Frank, ¡¿qué mierda hiciste?!

-Tenía que… tenía que… - los ojos de Frank se desenfocaron.

Era obvio que había bebido de alguien que tenía demasiada droga en el sistema. Lo sacudí un poco. El efecto de esas cosas por lo general se nos pasa más rápido que a los humanos, pero por algún motivo, yo no conseguía que Frank volviera en sí o que dejara de balbucear. Frank se aferraba a mis hombros con tanta fuerza que me hacía daño. Finalmente, conseguí sacudir algo de sentido en su mente.

-¿Qué…? ¿Qué…? – miró alrededor con ojos incrédulos y luego se volvió a mí desconcertado – Yo... yo… ¿yo hice esto?

No podía hablar. Simplemente asentí con la cabeza. Frank se llevó las manos a la boca, notó que estaban llenas de sangre. Se desplomó contra la barra, llorando como un niño, pero yo no encontré la fuerza ni la voluntad para abrazarlo otra vez. Estaba tratando desesperadamente de pensar en una forma de cubrir aquel desastre.

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