La presencia de Michael fue recibida con un alto grado de consternación. Pero nada comparado con su historia.
-William y yo llegamos a Estados Unidos hace un par de semanas. Nosotros preferimos el Viejo Continente, lo saben, pero a veces es necesario salir de allí para arreglar… asuntos.
-Venían a enfrentarme a mí – gruñí yo por lo bajo. Detestaba sentirme así de afiebrado y estaba de mal humor. Frank apretó mi mano un poco más fuerte.
Michael clavó los ojos en mí con desprecio.
-Una vez más, te das más importancia de la que deberías, hermano. William fue el de la idea de venir aquí.
-¿Por qué? William detesta cruzar el mar – apostilló Elenor.
-Así es… era – Michael bajó la vista un momento y esbozó una expresión de nostalgia.
Aquello me tomó por sorpresa. A pesar de que sabía que Michael y William habían sido compañeros todos estos siglos. O algo así. Michael y William pasaban por altibajos de amor y odio, estaban constantemente peleando y regresando. Me había cruzado con William un par de veces cuando había viajado por Europa, y me había explicado que Michael siempre caía en la tentación de marcharse con vampiros más jóvenes, y que incluso estuvo conviviendo un tiempo con una humana. Pero siempre regresaba con William. Yo siempre dudé de los sentimientos de Michael hacia William. Lo necesitaba más de lo que lo amaba.
Esto había sido en uno de sus momentos de odio, por supuesto, jamás habríamos mantenido una conversación decente estando Michael presente. Saqué las cuentas de cuando había sido aquello. Algún tiempo antes de que estallara la Guerra de Vietnam, si no recordaba mal. Poco más de cinco décadas. No podía creer que estuviera muerto.
-¿Qué tenía que hacer William en América? – siguió preguntando Elenor.
-Lo había llamado una vampiresa de Tercera Generación – contestó Michael.
-Los de Tercera Generación abundan, tendrás que ser más específico…
-La que es líder en la Costa Oeste – contestó Michael con cierto desprecio – No puedo recordar su nombre. Leena, Lori…
-¿Laura? – preguntó Elenor – ¿Qué quería Laura con él?
-No estoy seguro, William no me dio demasiados detalles – aseguró Michael – Algo acerca de los Cazadores expandiéndose y atacándolos. Los habían obligado a reunirse y guarecerse. Laura creía que un vampiro de la Primera Generación podría ayudar a enfrentarlos, al fin y al cabo, son los que más batallas contra los Cazadores han sobrevivido.
-¿Y William acudió? – alcé una ceja sin poder evitarlo – ¿Cruzó el mar… se internó en el “mundo moderno” que siempre odió tanto… porque una vampiresa de Tercera Generación le pidió su ayuda en una batalla?
No tenía sentido. No sonaba en absoluto como William. La certeza de que Michael estaba mintiendo flagrantemente, o al menos, no diciéndonos toda la verdad, se apoderó y creció en mí como una hiedra venenosa. Intenté sondear su mente, pero antes de que pudiera llegar a él, ya había levantado todas sus mejores defensas.
-Son tiempos difíciles, hermano – contestó, insuflando una dosis extra de sarcasmo en su voz – Los Cazadores en Europa también se han reorganizado y sabemos que están tramando algo. William pensó que lo uno y lo otro quizá estaban relacionados…
-Como vampiro de la Primera Generación, William no respondía ante nadie – insistí – No tenía que proteger a nadie salvo a sí mismo ¿Por qué él…?
-¡Porque yo se lo pedí! – explotó Michael, y una cierta secreta satisfacción se expandió a la altura de mi pecho – Le pedí que ayudara a Laura. Aspiro a que me reconozcan como líder de una pequeña comunidad de vampiros en el norte de Escocia. Y de esta forma les demostraría lo que puedo llegar a hacer.
Eso tenía mucho más sentido. Pero aún no me convencí del todo.
-Así que vinieron aquí – siguió preguntando Elenor.
-Así es. Llegamos ayer por la madrugada. Íbamos a alojarnos en un hotel y esperar hasta el vuelo hacia California hoy al atardecer. Pero algo salió mal. Mientras estábamos descansando, irrumpieron en nuestra habitación…
-Cazadores – murmuró Kraig, con una especie de ronroneo feroz.
-Exactamente. Nos enfrentamos en una batalla… y derrotaron a William. Lo inmovilizaron. Yo escapé cuando vi que estaban a punto de ejecutarlo.
-Así que básicamente lo dejaste para que muriera – apreté los dientes con rabia – Típico de ti…
-¿Acaso tú habrías hecho otra cosa? – me cuestionó Michael.
-Suficiente – Elenor cortó nuestra rencilla antes que pudiera empezar siquiera – Michael, ¿estás seguro que William fue ejecutado luego que escapaste?
-¿Qué más harían los Cazadores con un vampiro inmovilizado? – replicó él, como si la respuesta ni siquiera valiera la pena. Sus ojos seguían clavados en mí.
Elenor asintió en silencio. Luego se levantó y su presencia inundó la habitación, haciendo que todos se volvieran hacia ella.
-Hermanos y hermanas, en vista de esta nueva información, me temo que deberé despedirlos esta noche. El último vampiro de la Primera Generación, al menos por lo que sabemos, ha caído y nuestros hermanos en la Costa Oeste están siendo atacados también.
-¿Qué debemos hacer, Condesa? – preguntó alguien respetuosamente.
-Debemos esperar, pues la paciencia es la mejor consejera. Y debemos mantenernos juntos, porque la unión hace la fuerza, y eso es justamente lo que necesitamos – declaró Elenor en tono solemne – Son libres de marcharse ahora. Pero manténganse alerta. Michael, eres bienvenido de quedarte en mi casa.
-Lo aprecio, Erzsébeth… o… como quiera que te llames ahora.
Elenor hizo un gesto de abierto desagrado y nos despidió a todos. Solté la mano de Frank un momento.
-Iré a buscar el auto. Espérame en el jardín. No te acerques a Michael.
Frank asintió y tuve la impresión que quería decirme algo. Pero estaba desesperado por salir de allí. Ya no soportaba más estar cerca de mi hermano. El calor se había hecho inaguantable. Seguí a los otros vampiros de camino a la cochera. Maxwell me tendió mis llaves con un gesto demasiado adulador para mi gusto. Corrí a mi Mustang y cerré la puerta, esperando pacientemente que los demás salieran antes que yo, en un interminable desfile de autos de diferentes épocas y en diferentes estados. No a todos les gustaba conducir. Prendí el aire acondicionado mientras tanto.
Necesitaba… salir de allí. De inmediato. Reflexionar.
William estaba muerto.
De pronto esa información me golpeó con más fuerza de lo que pretendía. William estaba muerto. No podía decir que me sentía desolado, pero algo en mi corazón se estaba resquebrajando y cayendo. Muy en el fondo, estaba seguro que William viviría por siempre, para mantener la Primera Generación, para seguir a Michael y detener la batalla siempre que estábamos a punto de matarnos, para verme una vez cada siglo y recordarme de manera condescendiente que yo siempre sería su “muchacho precioso”.
Pero aunque no se hubiera vuelto loco, aunque nadie se hubiera visto obligado a decapitarlo, aunque no se hubiera arrojado a sí mismo a la hoguera, estaba muerto. No parecía natural. Nada era eterno. Ni siquiera nosotros.
Puse la llave en el contacto temblando un poco y avancé. No. No quería seguir pensando más en ello. No quería pensar que todo estaba demasiado enredado y perdido, dijera lo que dijera Elenor y tomara las precauciones que tomara. Tenía… necesitaba el abrazo de Frank, de mi Frankie, necesitaba olvidarme de todo por un rato.
Avancé hacia el jardín, con la mente distraída. Pero eso no evitó que captara un pedazo de la conversación en la mente de Frank.
-Así que… eres el compañero de Gerard, ¿eh? ¿Qué edad tienes? ¿Un lustro, una década…?
-Un mes…
-¡No me digas! – la piel se me erizó cuando imaginé el rostro de fingida incredulidad en su rostro – Qué interesante… jamás había visto un vampiro que presentara un aspecto como el tuyo… ¿eres su primer vástago?
-Eso me ha dicho… pero…
-¿No lo sabes? Oh, sí… es un gran taciturno, este Gerard…
Doblé por el recodo del jardín y por fin pude divisar con mis propios ojos la figura de Michael, parado cerca – demasiado cerca – de Frank. Por algún motivo, me enfurecí más de lo que estaba. Golpeé la bocina desafinadamente. Frank se sobresaltó y le hizo un gesto de saludo apurado a Michael antes de dirigirse hacia mi auto.
-Adiós, Frank. Fue un placer conocerte.
Apreté el volante con tanta fuerza que temí romperlo. Frank dio la vuelta y se subió en el asiento del acompañante, mientras yo no podía evitar notar la sonrisa burlona en los labios de Michael. Oh, todo lo que habría dado por bajársela de un golpe. En lugar de eso, en cuanto Frank cerró la puerta, aceleré y nos alejamos de allí a una velocidad que no podía ser legal.
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