martes, 22 de marzo de 2011

Capítulo LX

En 400 años, no recuerdo un día que haya sido más largo que aquel. Jamia y yo llegamos a un almacén abandonado en medio del campo, y ella se encargó de tapiar todos los agujeros por los que podría llegar a entrar la luz del sol. Quise ayudarla, pero ella insistió en que mantuviera quieto hasta que se me pasaran los efectos del Demonio Azul. Fue un alivio que ella demostrara tener criterio por los dos, porque no creo que hubiera podido sobrevivir de otra manera. De muchas formas, yo le debía la vida, tanto como ella a mí.

Habían pasado casi dos horas desde la salida del sol cuando los efectos del Demonio Azul finalmente se me pasaron. Intenté mantenerme despierto, pero era como si alguien me hubiera echado una tonelada de plomo sobre los ojos. Cuando Jamia me vio peleando contra el sueño, simplemente me empujó contra un montón de paja.

-Duerme, Maestro – me murmuró al oído – Yo vigilaré.

No sé si fue el coletazo del efecto de la droga, pero de pronto sentí que confiaba en ella, confiaba en ella plenamente. Así que cerré los ojos y me dejé arrastrar por el sueño.

El cantar lejano de las chicharras fue lo primero que llegó hasta mí al día siguiente. Abrí los ojos y por un desconcertante minuto, no tuve idea de dónde estaba. Luego, poco a poco, las memorias fueron volviendo a mí. Alcé la cabeza y miré a todos lados.

-¿Jamia?

Jamia se removió de inmediato en su rincón de las sombras donde obviamente había dormido. No dijo nada, pero acudió diligentemente a mi lado, esperando por si tenía que ayudarme a pararme. No fue necesario. Todas mis habilidades estaban volviendo poco a poco.

-Necesitamos llegar a casa de Elenor – dije, recordando cuál era el plan en caso de que ocurriera… efectivamente, lo que había ocurrido. Jamia asintió con la cabeza.

-Déjamelo a mí.

Menos de media hora después, volábamos por la ruta en un auto que había pertenecido a un desprevenido grupo de jóvenes lo suficientemente imprudentes para detenerse ante el pulgar erguido de Jamia. La forma en que había desgarrado sus cuellos había sido instintivamente perfecta. Tenía razón: si alguien había nacido alguna vez para ser una criatura de la noche, esa era Jamia.

Pero no tenía ganas de admirarme en ese momento. Mi mente volaba irremediablemente hacia la fortaleza quemándose, hacia los vampiros que no sabíamos si habían conseguido escapar, hacia la casa de Elenor que quizá encontráramos vacía… hacia Frank, una y otra vez hacia Frank de manera obsesiva. Y no era el único que lo estaba pensando.

-¿Qué crees que pensará cuando… cuando sepa que me convertí? – preguntó Jamia, sus dedos pálidos aferrados al volante – ¿Qué crees que pensarán todos los vampiros?

-No lo sé – contesté con sinceridad, encogiéndome en el asiento del acompañante. No quise decir que cabía una gran posibilidad que quizá no quedara nadie para opinar al respecto.

La casa de Elenor, por lo general tan iluminada, se veía vacía y oscura cuando aparcamos en la entrada. Un escalofrío lleno de malos presentimientos me recorrió la espalda. Me dolía la cabeza, así que simplemente no podía tantear el lugar en busca de alguna mente conocido. Jamia aún llevaba la pistola en su cinturón, pero aquello no era garantía de nada.

La puerta estaba abierta, así que entramos en la casa sin ningún miramiento. La planta baja se veía tan vacía y desolada como la habíamos dejado la noche anterior. No había nadie en la sala, ni en la biblioteca, ni en el pequeño salón de alfombras rojas donde Elenor celebraba sus reuniones especiales. Si la Condesa había sobrevivido, no había regresado a casa.

-¿Escuchas eso? – preguntó de repente Jamia, alzando la cabeza. Lejanas voces apagadas llegaban desde el segundo piso. Suspiré de alivio.

-Quizá están ahí – sugerí – Quédate detrás de mí.

Subimos las escaleras haciendo el menor ruido posible. Las voces se hacían más sonoros y de pronto me di cuenta que lo que estaba escuchando no era una simple charla… era una discusión a pleno pulmón. En el momento que escuché el sonido de un vidrio cayendo al suelo y partiéndose, supe que algo estaba terriblemente mal. Olvidándome por completo de Jamia, me tragué los escalones de tres en tres e irrumpí en la habitación de donde venían los ruidos.

Apenas tuve unos segundos para asimilar lo que veía. Raymond estaba tendido en el suelo, inconsciente o quizá muerto, Frank era la persona que gritaba y se retorcía, zapateando casi rítmicamente sobre los restos de lo que había sido una lámpara de mesa, hecho presa en los brazos de… Michael. La rabia explotó en mi cabeza y hubo un rugido en la habitación. Hasta que sentí mi garganta raspándome no me di cuenta que era yo quién había aullado.

El cuerpo de mi hermano impactó contra la pared con un ruido sordo. Mis manos ardientes buscaron su garganta, pero no lo suficientemente rápido como para que él no me devolviera una patada para quitarme de encima. Le lancé un puñetazo a la cara, que consiguió esquivar, agachándose. Cuando volvió acercarse a mí, sentí un ardor en la cara seguido de la humedad de la sangre caliente deslizándose hacia mi cuello. Apenas tuve tiempo de darme cuenta que Michael acababa de cortarme el rostro con un pedazo de la lámpara cuando me remató con un golpe que me lanzó contra el poste de la cama. Para cuando conseguí recuperarme, él ya tenía un pie afuera de la ventana. Me sonrió con malicia.

-Bueno, hermano – dijo – Esto ha sido una visita interesan…

La detonación lo corto en seco, y su sonrisa se deformó en una horrenda máscara de agonía. Se tocó el pecho sin poder creerlo y sus dedos se tiñeron de rojo. La segunda detonación hizo un agujero limpio justo en medio de su frente inmaculada. Michael se tambaleó y cayó hacia atrás. El ruido de motores en la puerta delantera vino a aumentar el caos que rugía en mi cabeza mientras me asomaba a la ventana, incrédulo. Por primera vez en siglos, mi hermano se había quedado sin palabras.

Supongo que no puedo culpar a Elenor por no estar exactamente tan serena como siempre. Después de todo, regresar a casa y encontrarse con el caótico cuadro de un nosferatu inconsciente, de vampiro de Segunda Generación muerto en su jardín, una ex Cazadora con una pistola aún humeante en la mano y un neófito sollozando contra el pecho de su creador, no era exactamente el recibimiento que hubiera elegido después de la noche que había pasado.

-Por todos los infiernos, ¡¿alguien puede explicarme qué ha ocurrido aquí?! – fueron sus primeras palabras cuando contempló las secuelas del pandemonio que acabábamos de desatar.

A Frank le tomó varios minutos tranquilizarse para contar su historia. Dijo que Michael había llegado cuando aún no había atardecido del todo, diciendo que Elenor, yo y todos habíamos muerto en el incendio de la fortaleza, y los había convencido a Raymond y a él de que debían escapar lo antes posible. Raymond, que había recibido un severo golpe en la cabeza, estaba completamente exasperado.

-¡Ni siquiera sé en qué momento me atacó! – protestaba una y otra vez, de forma que llegué a creer que el golpe en la cabeza había afectado su memoria a corto plazo.

Dejé que Jamia contara la historia mientras Carmen curaba el raspón que Michael me había hecho en la mejilla, lo cual le era sumamente difícil porque Frank estaba sentado en mi regazo, abrazándome como si no quisiera que nadie en el mundo fuera capaz siquiera de mirarme otra vez. No dijo nada, solamente se quedó allí, con la cara hundida alrededor de mi cuello, con los brazos apretándome hasta sacarme moretones. Agradecí que no dijera nada. Así tuve la oportunidad de contar a la docena de vampiros que los Cazadores habían decidido dejar vivos. Incluyendo, a mi creador.

William permaneció parado solemnemente, observando todo con aquellos ojos ambiguos que yo conocía también. Varias veces nuestras miradas se encontraron s través del salón. Una sola vez, cuando Jamia habló de cómo había matado a Michael, William salió de su inmovilidad para asentir con la cabeza, como aceptándolo, como indicando que no se podría haber hecho ninguna otra cosa. Elenor aún estaba desconcertada para cuando llegó el momento de las decisiones, pero al menos parecía aliviada. Se apoyó hacia atrás en el sillón, y Kraig, como siempre atento a los mínimos detalles, se paró a su lado para ponerle un mano en el hombre.

-Esto… esto no ha salido para nada como lo había planeado – suspiró la Condesa, y se volvió para mirar a William – ¿Tienes algo que decir? Michael era tu vástago…

-¿Qué puedo decir? – contestó él, saliendo de lo que pareció un profundo estado de trance – La chica actuó en defensa de Gerard. Si él está dispuesto a responder por ella

-Lo estoy – aseguré antes de que pudiera continuar – Respondo por mi vástago y por todas sus acciones.

-Michael hubiera sido castigado por su traición en la fortaleza – aportó Kraig, y Elenor asintió.

-Sin embargo, ella era una Cazadora. No creo que sea buena idea que se quede aquí para cuando los Cazadores de otros estados se enteren de lo que ha ocurrido – Elenor soltó un largo suspiro – Jamia, vampiresa de Tercera Generación, yo te condeno a una década de exilio fuera de la ciudad de Nueva York.

-¿Una década? – Frank salió de su letargo – Pero acabas de decir…

-Una década pasa rápido – apoyé mi mano en su mejilla para indicarle que era mejor callar – Yo le proporcionaré los medios para que pueda ir a donde quiera.

-Siempre quise viajar – murmuró Jamia, y esbozó una sonrisa – Estaré bien, Frankie.

Frank suspiró y volvió a apoyar la barbilla en mi hombro. Elenor sacudió la cabeza y dijo que había sido una larga noche. Se levantó para retirarse y uno a uno, todos los demás siguieron su ejemplo. Al final, en el saloncito solamente quedamos William, Frank, Jamia y yo. Los sobrevivientes de una única línea de sangre. Una familia. Casi tuve ganas de sonreír ante la ironía.

-¿Seguro que estás bien? – le pregunté a William. Él se encogió de hombros.

-Michael fue artífice de su propio destino – sentenció gravemente. Luego se nos quedó mirando un largo rato – Gerard, entiendo por qué la elegiste a ella. Pero…

-Frank me pidió que lo convirtiera – declaré – Y no me arrepiento de haberlo hecho. Lo amo.

-Ya veo – William ladeó la cabeza. Una sonrisa, una sombra de aquella sonrisa diabólica que yo había conocido en Escocia hacia tantos años se extendió por su rostro sibilino – Entonces… supongo que amerita que les haga un regalo entonces.

-¿Un regalo? – murmuré, confundido, pero William ya se estaba arremangando su destrozada camisa.

-Sangre de la Primera Generación – dijo, arrimando la muñeca a la boca de Frank – No encontrarás mejor – Frank se incorporó, como dudando – Vamos, muchacho. No seas tímido.

Frank tocó la piel de William y pareció estar a punto de hacer un comentario, pero luego cambió de opinión. Me puse tenso cuando lo vi bajar los colmillos hacia él, y me preparé para lo que fuera: dolor, confusión, horror por los recuerdos que seguramente le transmitiría. Pero en lugar de todo eso, Frank gimió de placer de una manera que despertó mis celos y bebió con tanta avidez que por un momento pensé que se atragantaría. William cerró los ojos y no apartó el brazo ni siquiera cuando la palidez de su rostro se volvió aún más mortal de lo común.

Por fin, Frank apartó la boca, respirando agitadamente y se aferró a mí casi con miedo. Jamia se incorporó, tan anhelante como yo, esperando. Frank abrió un ojo, y lo volvió a cerrar. Luego abrió los dos. Parpadeó varias veces. Una sonrisa lenta se expandió por su rostro. Luego, empezó a reír, a reír a carcajadas de puro júbilo. Puso ambas manos en mi rostro y me hizo mirarlo, aunque yo sospechaba con eufórica ansiedad lo que había ocurrido.

-¡Gerard! – me llamó – ¡Puedo verte!

No tuvo tiempo de decir nada más. Mis labios colapsaron contra los suyos.

FINIS.

Capítulo LIX

Los gritos de Jamia resonaron por la prisión vacía con una estridencia estremecedora.

-¡¿Qué me está pasando?! – preguntó, en el colmo del dolor.

-Tranquila, calla – le pedí. No me animé a taparle la boca, la última vez que lo intenté casi me había mordido – Tu cuerpo está muriendo, eso es todo.

-¡Me quema! ¡Haz que pare! – me rogó

Me quedé observando cómo se retorcía, desolado. Si Jamia seguía gritando de esa manera, sin duda atraería la atención, y entonces su segunda vida sería trágicamente corta. No entendía que estaba ocurriendo. No se suponía que doliera tanto ¡Ni siquiera Frankie había experimentado tanto dolor! Le puse una mano en la frente y le sentí demasiado caliente, enfebrecida, igual que los dedos con los que se aferró a mi muñeca.

Y entonces lo entendí. Su sangre no era virgen. Ya había sido mezclada con otra sangre, probablemente la del mismo William. Y al contacto con la mía, reaccionaba de aquella manera. No le haría ningún daño, pero seguramente era una tortura comparable a la que sentiría yo si bebiera la sangre de Michael. La única forma de acabarlo…

-¡Jamia, Jamia, escúchame! – la llamé con la voz y con el pensamiento, abriéndome paso como pude a través de la barrera de su dolor – Voy a darte más sangre. Morirás más rápido, pero yo… me debilitaré y quizá no pueda seguirte el paso cuando salgamos de la fortaleza…

Los ojos de Jamia se clavaron en los míos, indicándome que me escuchaba.

-Te prometí una nueva vida – seguí yo – y te la daré. Aunque sea a cambio de la mía. Pero tú… tú debes prometerme algo también.

Jamia tomó aliento, intentó decir algo, pero lo único que pudo hacer fue soltar otro chillido ahogado.

-Tienes que prometerme… que cuidarás de Frankie si algo llega a ocurrirme – la inste – Promételo.

En medio de los espasmos, Jamia se las arregló para asentir con la cabeza. Era suficiente para mí. Reabrí la herida en mi muñeca y se la ofrecí una vez más. Jamia se aferró a mí con desesperación y puso la boca contra mi sangre. La escuché succionar mientras sentía que mi cuerpo desfallecía y se tambaleaba a medida que mi sangre se convertía en la suya. Traté de mantener la mente clara, pero poco a poco la debilidad me ganó y me fue sumergiendo en un confuso abismo de colores y oscuridad. Los recuerdos afloraron a mí como si alguien los hubiera invocado desde el fondo más profundo de mi consciencia. Lily, William, el castillo quemado, Elenor, el viaje a América… todo desfiló ante mis ojos con una rapidez demasiado vertiginosa para poder captar algo realmente claro.

-Jamia – murmuré débilmente, o quizá lo pensé – Jamia, ¡es suficiente!

Pero ella no se apartó, glotona, codiciosa, decidida a absorber toda la vida que pudiera, decidida a sobrevivir, a salir del trance más fuerte que antes. Sus propios recuerdos se mezclaron con los míos, en una simbiosis inseparable que se hizo imposible de seguir. El rostro de mis padres pareció deformarse hasta mezclarse con los de ella, las noches oscuras vacías, con mis propias noches de cacería, hasta que ambos confluyeron hacia el único punto en común, hacía la única encrucijada gracias a la cual nuestros caminos podrían haberse cruzado jamás: Frank.

En cuanto su rostro pálido, sus ojos resplandecientes, su sonrisa juguetona, pasaron delante de nuestros ojos, solo entonces Jamia me soltó. Me desplomé contra el suelo frío temblando, me sentía vacío y apaleado. Jamia, por su lado, estaba inclinada sobre sí misma, con la mano sobre la boca. Por un segundo, me parecido que estaba sorbiendo o saboreando las últimas gotas escurridizas de mi sangre, pero cuando apartó los dedos, pude ver que un par de incisivos caninos manchados de rojo habían crecido hasta traspasar el límite de sus labios.

Jamia los tocó con la yema de los dedos, admirada. Luego, echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada que sonó demente en mis oídos agotados.

-¡Maestro! – dijo – Maestro, ¡lo has conseguido! ¡Estoy muerta!

-No… solo… estás demasiado viva – murmuré, ni siquiera seguro de lo que quería decir. La cabeza me daba vueltas.

Jamia, sin embargo, se repuso de la sorpresa con suficiente rapidez. Saltó para ponerse de pie y a continuación tiró de mi brazo para incorporarme. En sus brazos fuertes y recién nacidos, yo me sentía como una marioneta con los hilos cortados.

-Vamos, Maestro – me dijo – Los siento acercarse. Tenemos que irnos.

-No… no puedo – balbuceé.

-¡Tienes que tratar! – me instó ella – Tienes que salir vivo de aquí, Maestro ¡Le dijiste a Frank que lo harías!

Invocar su nombre fue como una especie de descarga eléctrica. Todavía apoyado en sus hombros, dejé que ella guiara el camino.

Después de un rato de caminar, nuestro trote adquirió un cierto ritmo apresurado contra los azulejos blancos. Me obligué a mantener la vista clavada en mis pies, en contar mentalmente los pasos que dábamos hacia la salida, hacia la libertad. Había delegado toda la responsabilidad de sacarnos de allí con vida en ella, porque yo no podría haber sido más inútil en ese momento. Además de la debilidad que me mordía los miembros, sentía la boca seca y los comillo puntiagudos contra mis labios, indicándome que debía beber sangre, lo antes posible, ahora mismo, ¡ya!

-Maestro, resiste – susurraba Jamia en mi oído de vez en cuando – Pronto saldremos de aquí.

-Deja de llamarme Maestro – murmuré en respuesta, pero no creo que me haya oído. De pronto, se paró tan en seco que casi choco contra ella. Tuve que apoyarme en la pared para mantener el equilibrio. Ella se llevó la mano al cinturón y sacó la pistola que todavía llevaba allí. Yo negué con la cabeza – No seas una tonta – le dije – Tienes armas más poderosas que esa ahora…

-Tal vez – Jamia siguió cargando la pistola, haciendo caso omiso de lo que le decía – Pero ellos también tienen sangre de vampiro en las venas. La plata les hace tanto daño como a nosotros.

Noté apenas lo natural que había sido para ella decir “nosotros”, y el mucho sentido que tenía lo que acababa de decir ¿Por qué nunca se nos había ocurrido? Jamia levantó la pistola con gesto profesional y encaró un pasillo. A lo lejos, escuché como unas botas se acercaban apresuradamente hacia donde estábamos nosotros.

-¡Jamia! – dijo una voz, que deduje debía pertenecer a alguien casi tan joven como ella – Jamia, ¿no escuchaste el alerta roja? ¡Los prisioneros han escapado!

Se acercaron aún más y su olor invadió mi nariz de forma casi agresiva. Eran jóvenes, muy jóvenes. Olían más como humanos que como los monstruosos híbridos en que se convertían cuando bebían suficiente sangre de vampiro. Podrían… podrían ser una buena cena. Levanté los ojos tratando de moverme lo menos posible y contemplé sus cuellos, carnosos, lozanos. Lo único que se interponía entre ellos y yo eran Jamia y su pistola, como un recordatorio de la cordura que debía mantener en ese momento.

-Sé que escaparon – dijo Jamia, para nada dispuesta a ocultar su condición.

-¿Qué diablos estás haciendo…? – preguntó otro de sus compañeros. Jamia sonrió ampliamente, enseñando sus colmillos.

-Yo los liberé.

A continuación, el caos. Los disparos volaron alrededor de nosotros, pero les presté muy poca atención. Una bala de Jamia acababa de impactar contra el hombro de uno de los jóvenes cazadores y el perfuma de su sangre consiguió enloquecerme. Me lancé sin ninguna clase de prudencia contra él, lo acorralé contra la pared y le desgarré la garganta, abrí sus venas con fiereza y sorbí, sorbí olvidándome de todo, del tiroteo detrás de mí, del humo y la muerte que se cernía alrededor. Todo lo que importaba era aquel joven, su cuello terso y la sangre que me daría vida…

Cuando me aparté de él, todo había terminado. Jamia estaba inclinada sobre uno de los cadáveres, pero, para mi sorpresa, no estaba bebiendo de él. Supuse que no debía estar tan sedienta como yo gracias a toda la sangre que había tomado de mí. Cuando se dio cuenta que la miraba, se incorporó con rapidez.

-¿Te encuentras bien, Maestro?

-Estoy… estoy bien – di un paso hacia ella, pero el pasillo pareció cerrarse sobre mí, y una sensación de claustrofobia me atenazó el pecho – Estoy… mareado… ¿qué está ocurriendo?

-Demonio Azul – explicó ella – Nos obligan a tomarlo en caso de que un vampiro nos muerda. Tuviste suerte de que yo me había saltado mi dosis esta noche.

Jamia me agarró del brazo y yo cerré los ojos, porque tenerlos abierto era demasiado confuso .todo parecía como si se moviera, todas las cosas eran amenazantes y horribles.

-Pensé que… se suponía que era un droga recreativa – repliqué, mientras me dejaba arrastrar por ella.

-No este lote – contestó crípticamente – Resiste, Maestro. Casi estamos ahí.

No sé cuánto tiempo pasó desde que dijo esas palabras, hasta que sentí el sonido de otra de esas odiosas puertas de metal abrirse delante de nosotros. Pareció una eternidad. Luego, ella tiró de mí hacia fuera y una brisa fría me golpeó el rostro y acarició mi piel enfebrecida. Luego, con horror, percibí un atisbo de luz a través de mis ojos cerrados.

-¡Jamia! – grité en cuenta sentí el calor detrás de nosotros – ¡El sol!

-No es el sol, Maestro – contestó Jamia, y yo abrí los ojos sin pode creerlo. El cielo nocturno se extendía sobre nosotros aún, protector, infinito – Es la fortaleza. Se está quemando.

Y así era. Las llamas casi habían trepado hacia la cima del domo, y no tardaría mucho en llegar a donde estábamos. Con mi último atisbo de lucidez, pasé el brazo alrededor de los hombros de Jamia y ambos echamos a correr.

Capítulo LVIII

Por un momento, me pareció que no lo reconocía. Del siempre tan altivo y orgulloso William no quedaba más que una sombra que parecía punto de quebrarse debajo de todas esas cadenas. Su rostro demacrado señalaba que no había bebido en días para compensar la sangre que seguramente le habían extraído los Cazadores. Sus ropas estaban sucias y gastadas, reducidas a nada más que unos pocos harapos maltrechos. Todo acerca de él estaba reducido a ruinas.

-¡William! – lo llamé y sus ojos enfebrecidos se movieron un poco – ¿Cómo te encuentras? Esas cadenas… deben quemarte…

-Sí… sí, un poco – masculló William – Pero… no es tan malo… me acaban de dar mi dosis…

-¿Tu dosis…?

-Demonio Azul – explicó Michael, reponiéndose de mi golpe – Lo mantienen drogado… para que no oponga resistencia cuando le sacan sangre…

-¡Michael! – exclamó William, maravillado – Michael, ¿tú también? ¡Qué maravillosa sorpresa!

-¿Cuánto tiempo has sabido que lo tenían así? – quise saber. Michael inclinó la cabeza, en una especie de sumisa admisión de su culpa.

-Lo supe todo el tiempo – contestó Michael – Pensé que la única forma en que lo dejarían ir…

-¡¿Sería si nos entregabas a todos nosotros a cambio?! – exploté.

-No seas tan duro con él, Gerard – me amonestó William – Ellos… no le dejaron opción…

Nunca llegué a averiguar a qué se refería exactamente. La puerta de la prisión se abrió y por ella desfilaron varios Cazadores. Delante de mis ojos, vi pasar a Elenor, llena de cadenas, al igual que Kraig y un puñado de vampiros más. Era una visión dolorosa, la Condesa y su gigante de ébano, tan orgullosos, vencidos de esa manera… aparté los ojos… solo para toparme con una mirada calvada en mí, tan impertinente como desesperada.

La amiga de Frank. Su primer amor. La joven Cazadora. Jamia.

La llamé mentalmente. No sé por qué lo hice, quizá simplemente era un manotazo de ahogado. Me di cuenta que a esa altura del juego, no teníamos ya nada qué perder. Jamia. Pronuncié su nombre en mi cabeza una y otra y otra vez, tan alto como pude, casi como si lo estuviera gritando a pleno pulmón. ¡Jamia! Ella primero intentó ignorarme, pero pude ver como su cuerpo se estremecía y respondía a mi ataque mental mientras metían a los demás vampiros a otras celdas. ¡Jamia!

Finalmente, ella se dio vuelta hacia mí y volvió a clavarme los ojos, dándome a entender que me había entendido, que me escuchaba. Sin embargo, cuando la procesión de Cazadores empezó a retirarse, ella los siguió mansamente. Jamia. La llamé una última vez, más débil. La puerta que se cerró detrás de ella pareció oprimir mi última esperanza contra su marco. Casi me desplomé contra los barrotes, pero esto no hizo sino quemarme, así que me aparté.

-Gerard – Elenor me llamó desde el otro lado de la prisión, aunque no sé si lo hizo en voz alta o en mi mente – Esto no se ha acabado.

Quise creerle. Quise conservar la calma, quise mantenerme sereno. Pero no podía. Mis pensamientos volaron inevitablemente hacia Frank ¡Oh, Dios! ¿Se habría enterado de nuestro fracaso? ¿Se lo habría dicho Ray?

La puerta de la prisión se abrió una vez más. Cuando levanté la cabeza, había una sola Cazadora parada delante de nuestra celda. Jamia. Me levanté para que nuestras miradas estuvieran a la misma altura. No necesitábamos presentación.

-¿Cómo está Frank? – fueron las primeras palabras que salieron de su boca. No tenían aquel falso timbre amenazante que había percibido en nuestro primer encuentro, solamente una pura y genuina preocupación – ¿Sobrevivió a la emboscada?

-Sí. Pero apenas – no quise explicarle en palabras lo que había ocurrido. En vez de eso, le envíe una señal mental de lo que ocurrido. Jamia cerró los ojos y se apoyó en los barrotes, como derrotada. La curva de sus hombros se estremeció cuando dejó salir un sollozo.

-¡Fue culpa mía! – dijo – Ellos insistieron… en que debía… si Frank era un vampiro, entonces…

-Tenían que eliminarlo – comprendí. No necesitaba leer su mente para entenderlo – Para que tú no tuvieras dudas.

Jamia asintió. Un par de gruesas lágrimas recorrieron sus mejillas y se balancearon peligrosamente al borde de su barbilla. Estiré mi mano hacia ella y atrapé una de las gotas en mi dedo índice.

-Pero… tú ya tenías dudas, ¿verdad? – comenté. Me llevé la lágrima a los labios y saboreé su esencia, agridulce, fuerte… tan distinta a la de Frank – Tú no perteneces con ellos, Jamia. Ni tampoco perteneces con los humanos.

-No intentes… no intentes jugar con mi cabeza – me advirtió ella débilmente.

-No lo estoy haciendo – aclaré – Simplemente… simplemente te digo lo que está ahí.

Jamia lanzó un largo suspiro y se quedó estática. Lo tomé como una invitación a continuar.

-Siempre lo has sabido – dije – Siempre supiste que no eras como los otros… que pertenecías a la noche. Ser una Cazadora está bien, pero… no es suficiente. La sangre que bebes no te causa repulsión, como debería… solo te hace desear más. Te tiembla la mano cuando vas a disparar, porque no puedes destruir lo que admiras…

-Ellos – murmuró, casi con miedo – ellos lo saben. Saben que no… que yo no puedo…

-Tú amas los vampiros – completé. Los ojos de Jamia me miraron llenos de dolor – Eso está bien. No somos bestias. Y eso también lo sabes. Lo entiendes. Si no… si no, no habrías escondido la guitarra de Frank.

Jamia ni siquiera intentó negarlo. Era como si me estuviera abriendo todos los recovecos de su mente, como una última y desesperada confesión final. Era como si quisiera que yo supiera esas cosas…

-Lo supe… desde el momento en que la vi, supe que era de Frankie – dijo, y pensó – No podía dejar que la destruyeran… le rompería el corazón si es que…

-Si sobrevivía – completé – Tú querías que él viviera. Porque…

-… porque… quería pedirle que… que me convirtiera.

Mis manos volaron hacia la que ella tenía aferrada en el barrote. Su piel parecía arder bajo la mía, pero ella no se apartó de mi contacto frío, ni siquiera cuando me acerqué lo suficiente para echar mi aliento sobre su rostro.

-Yo puedo dártelo – le ofrecí – Yo puedo cumplir tus deseos, Jamia. Si tú me lo permites…

Jamia alzó los ojos. La esperanza de creerme estaba allí, pero plagado de dudas que tenía que eliminar cuánto antes. Era nuestra última oportunidad.

-… lo haré – le prometí – Te lo daré. Te haré inmortal, Jami. No envejecerás. No morirás. Podrás vivir para siempre, todas las noches con todas sus estrellas. Podrás moverte como una sombra por el mundo. Podrás saciar la sed que ellos despertaron en ti…

Jamia suspiró, como si solo la idea de todo aquello le resultara placentera. Aún no se atrevía a seguir adelante, a aceptarme, sin embargo.

-Y podrás ver a Frank – continué, y traté de ignorar el retorcijón a la altura de mi pecho – Podrás verlo… y compartir con él… los años… y los siglos…

Eso inclinó la balanza a mi favor. Jamia me miraba suplicante ahora, como preguntándome cuál era la condición, qué debía hacer para que yo cumpliera mi palabra. Estaba totalmente entregada a mi sugestión.

-Libéranos – le pedí – Líbranos de estas cadenas… para que puedas unirte a nosotros…

No vaciló un momento. Se retiró de los barrotes de mi celda y se movió a la puerta. Pasó una tarjeta en una pantalla y tecleó un código. Al mismo tiempo, con un chasquido unánime, todas las puertas se abrieron. Elenor fue la primera en salir, y le indicó a Kraig que cargara a William. El gigante la obedeció sin rechistar, aunque las cadenas de mi creador debían de quemar su piel morena. Todos los vampiros, incluyendo a Michael, se movieron hacia la salida con rapidez.

-¡Gerard! – me llamó Elenor, cuando notó que me había quedado rezagado, contemplando a la Cazadora que pronto no lo sería.

-Los alcanzo en un momento – dije. Elenor entendió y se marchó.

En dos zancadas estuve delante de Jamia. Su mente parecía haber recuperado algo de claridad, pero no la suficiente. En todo caso, no parecía arrepentirse del trato que había hecho. Me recibió con los brazos abiertos de par en par cuando la abracé.

-¿Qué te impide matarme? – preguntó, pero no había miedo en su voz.

-Nada. Excepto mi palabra – admití – Pero, piénsalo, Jamia. Esta es la muerte que elegiste para ti ¿No es eso mejor que esperar una condena sin rostro?

Jamia aceptó mi argumento con una facilidad febril. A continuación, volteó el rostro y me ofreció un hermoso ángulo de su cuello. Me relamí los colmillos.

-Esto te va a doler – le advertí.

-Hazlo – me instó ella – Por favor.

No tuvo que decir más. Me incliné, y clavé los dientes sobre su cálida piel.

Capítulo LVII

El suelo ni siquiera crujió debajo de nuestros pies. El viento no cambió de dirección, las estrellas no se apagaron una por una. Si éramos fantasmas, fantasmas envueltos por la oscuridad, entonces la naturaleza y el hombre nos habían excluido por igual, y no había nada que anunciara nuestra llegada. No pertenecíamos a ningún ámbito. No teníamos un lugar en el mundo.

Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos a medida que nos acercábamos a la fortaleza. El enorme domo negro se alzaba en medio del campo como si hubiera surgido de él, como si llevara allí tantos siglos como los primeros colonizadores que pisaron esta tierra cuando aún era virgen. Pero un observador cuidadoso podía darse cuenta que no era así. Los Cazadores tampoco pertenecían a ningún lugar, ni humanos ni vampiros. Me pregunté como Mandrae, si en verdad amaba tanto a los humanos y se odiaba a sí mismo, pudo condenarlos a una existencia de esa suerte.

Cuando nos encontrábamos a pocos metros de la puerta, Carmen, que había ido con uno de los grupos encargados de crear distracciones, se nos acercó flotando. Tenía un labio partido, pero además de eso, parecía ilesa. Nos tendió una especie de tarjeta.

-La necesitarán para entrar – explicó, y nos dictó un código que memoricé con facilidad.

-Gracias, Carmen – dije, pero luego noté que se veía reacia a marcharse – ¿Hay algo más?

-¿Por qué la Condesa no me llevó con ella a destruir el Demonio Azul? – preguntó con voz acongojada – Sabe que hubiera dado mi vida por ella.

-Quizá precisamente por eso – murmuré – No es el momento para estas cosas. Podrás interrogarla al respecto después.

-Claro… después – siseó Carmen. El escepticismo con que pronunció la última palabra me hizo estremecer. Luego, con un movimiento de su cabello rubio, desapareció en la noche.

Mi grupo continuó avanzando hasta la fortaleza sin más problemas. El código era correcto y la puerta se abrió con un pequeño chirrido mecánico. Observé mis alrededores con curiosidad. Las trincheras de nuestros peores enemigos. Los pasillos eran de colores oscuros y apenas iluminados con unos cuántos apliques en las paredes, lo cuál respondía a una de mis varias preguntas: los Cazadores, después de todo, sí compartían nuestra habilidad para ver en la oscuridad. El suelo de azulejos blancos ni siquiera repiqueteó bajo nuestros pies.

-¿Cómo llegamos ahí? – preguntó una de las vampiresas más jóvenes.

-Pedimos direcciones – contestó con sarcasmo otro vampiro, llamado Robert – ¿No escuchaste nada de lo que dijo la Condesa? Gerard y Michael conocen el camino, ¿verdad?

-Así es, mi joven amigo – dijo Michael, de nuevo con las melodiosas variaciones impostadas en su voz – De hecho, tenemos dos caminos a partir de estos adorables pasillos, ¿cuál deberíamos tomar, querido hermano?

-No tenemos tiempo para juegos, Michael – repliqué de mal humor – Tomemos el más corto y ya.

-¿Pero acaso el maravilloso Raymond no dijo que el camino más corto podría ser el más vigilado? – señaló Michael.

-¿Vas a perder valiosísimo tiempo porque quieres evitar problemas?

-¿Vas a perderlo tú porque quieres ir a buscarlos?

La sangre en mis venas hirvió como protesta. “Golpéalo”, me murmuró una vocecita al oído, “sólo golpéalo”. Apreté los puños y me obligué a mantener la calma.

-Muy bien. Lo haremos así: tú y tres vampiros irán por un camino, yo y los demás tomaremos el otro – sugerí. Michael estuvo de acuerdo. Nuestra rivalidad, como siempre, iba a terminar llevándose lo mejor de nosotros si seguíamos discutiendo de esa manera.

Los pasillos se sucedieron interminables durante los siguientes minutos. Cada uno se parecía al otro, cada vuelta, cada recodo, daba a un pasillo igual, de paredes oscuras y pisos de azulejos blancos. Si no hubiera sio por nuestra excelente memoria y las indicaciones de Ray, era más que seguro que nos habríamos perdido hacía mucho tiempo. Calculé el tiempo que llevábamos caminando. Era probable que Elenor y Kraig ya hubieran llegado hasta la reserva de Demonio Azul. Sería mejor que nos apresuráramos.

-¿Sienten eso? – masculló de pronto uno de los vampiros jóvenes, y todos nos detuvimos.

-¿Son Cazadores? – preguntó la única vampiresa de mi grupo. Robert hizo crujir sus nudillos.

-Bien. Por fin algo de acción ¿Capitán? – agregó, dirigiéndose a mí. Pero yo estaba parado en la más horrendo de los desconciertos.

-No los siento – murmuré.

-¿Qué quiere decir? ¿Qué no son Cazadores? – inquirió la vampiresa.

-No… son Cazadores – aseguré, y me di vuelta para echarles una mirada grave – Prepárense para…

La frase quedó suspendida en el aire cuando una bala silbó en mi oído y se incrustó en la frente de la vampiresa. Su expresión congelada de horror y perplejidad duró lo suficiente para clavarse en mi retina antes de que ella se desplomara en medio de un charco de sangre, y antes de que el olor de la pólvora y el humo inundara el claustrofóbico espacio entre nosotros.

Me revolví inquieto, buscando las figuras que sabía que estaban ahí, y estiré el brazo hacia el cuello de la primera sombra difusa que se acerco lo suficiente. Sentí el crujido de sus frágiles huesos debajo de mi mano, y lo arrojé a un lado, tratando de escapar, tratando de encontrar mi camino en medio de la desorientación y la pelea, las voces que se escuchaban pronunciando palabras que no conseguía articular. Tres balas de plata más volaron a mí costado y una me hizo un raspón en el brazo mientras zigzagueaba para abrirme paso hacia la segunda figura difusa.

Estaba a punto de echarme sobre él cuando una mano se aferró a la mía, una mano de dedos marfileños y largos, una mano cuyo tacto me ardió sobre la piel y me dejó paralizado, una mano con suficiente fuerza para arrojarme contra el muro. Mi cabeza rebotó contra la pared y el dolor que se extendió por todo mi cráneo hizo que se me llenaran los ojos de sangre y me dejó desorientado por un largo momento.

Estaba empezando a reponerme cuando escuché un “clic” cerrarse sobre mis muñecas… y cuando traté de moverlas, los anillos alrededor de ellas me quemaron. Esposas de plata. Me habían atrapado. Cuando mi visión se aclaró y conseguí levantar la cabeza, me di cuenta que estaba contemplando frente a frente el cañón de una pistola dirigido justo al centro de mis ojos.

-No te atrevas a moverte – me advirtió una voz profunda.

-Muy bien, Michael – dijo otra voz – Tal como lo prometiste.

-¡¿Michael?! – el nombre cayó de mis labios al mismo tiempo que mi sorpresa. Dos cañones más se apoyaron contra mis sienes.

-No digas una palabra, monstruo – me advirtió una Cazadora. Pero era una advertencia inútil. Estaba demasiado perplejo contemplando a mi hermano estrechando la mano de un Cazador corpulento y barbado.

-Un vampiro de Segunda Generación, tal como lo prometí – dijo Michael – Descendiente directo de William. Y si tus enviados son tan eficaces como dices, pronto atraparán a la descendencia de Basarab, también…

-Ya lo han hecho – aclaró el hombre, señalando la radio que colgaba de su cinturón. Michael asintió.

-Entonces todo está cumplido. William y yo podremos irnos ahora.

El hombre corpulento cambió su peso de un pie a otro, mientras la sensación de incredulidad en mi garganta era reemplazada poco a poco por una rabia asesina que no recordaba haber sentido en siglos.

-¡¡Traidor!! – grité, y mi voz sonó tan rasposa que ni siquiera la reconocí como mía. El Cazador a mi izquierda me clavó el cañón de la pistola en la mejilla con brusquedad.

-Una palabra más… - me advirtió.

-Ese era el trato, sí – decía el Cazador corpulento en ese momento – Pero me temo que ya no es un buen trato, no…

Dos Cazadores más se aproximaron por la espalda de Michael, pero él pareció no notarlos. A decir verdad, yo tampoco los sentía, solamente pude verlos por el rabillo del ojo.

-¿De qué estás hablando? – preguntó Michael, con una frialdad en la voz que hubiera congelado un rayo de sol de verano – Acaban de capturar a los vampiros más poderosos de Nueva York ¿Acaso eso no les basta?

-Sí, tú nos ha dado al segundo vástago de William – contestó el Cazador – Pero… el segundo vástago nunca es tan fuerte como el primero.

Cuando Michael se dio cuenta de adonde iba a parar aquella conversación, ya era demasiado tarde. En tres movimientos rápidos, el Cazador lo atrapó por el pescuezo, y lo encañonaban en las costillas sin ningún asomo de piedad. Michael apenas tuvo tiempo de tirar un golpe a la cara del Cazado con el que estaba hablando antes de que lo inmovilizaran poniéndole unas esposas de plata alrededor de las muñecas, idénticas a las mías.

-Enjaulen a estas alimañas – indicó el Cazador. Su labio sangraba donde el puño de Michael lo había alcanzado – Y asegúrense que estén cómodos – agregó con amarga ironía. Miró sus dedos manchados de sangre, y con un gesto que me pareció completamente antinatural, pasó su lengua encima de ellos.

Los otros Cazadores me obligaron a levantarme y me empujaron por el pasillo. El rostro de Michael, caminando a mi lado, estaba deformado en una mueca mezcla de horror y perplejidad que seguramente era un reflejo de la mía. Sin darnos oportunidad de intercambiar palabra, fuimos lanzados a través de la puerta de la prisión, y luego a una celda cuyos barrotes supuse de plata.

Cuando volteé a ver a mi hermano, parecía casi resignado.

-Y así quedamos los dos, el Segundo Vástago y el Traidor Traicionado, encerrados como animales en el corazón mismo de la fortaleza de nuestro enemigo común – recitó con su solemne acento inglés – Si existía alguna justicia poética en el mundo, esta debía ser.

La irritación se acumuló hasta hacerme cosquillear los nudillos. Antes de que pudiera entender que pasaba, levanté el puño y lo estampé contra la mejilla de Michael, que terminó volando al otro lado de la celda. Sabía que podría haberme esquivado, pero no lo hizo. Eso no disminuyó mi furia.

-¡Rata, víbora traidora! – le grité, aunque ninguna de esas cosas parecía lo suficientemente fuerte para definir lo que había hecho – ¿Con los Cazadores? ¡¿Qué demonios esperabas?! ¡¡Son casi peores que tú!!

-¿Gerard…?

La voz cansina y casi aburrida flotó del otro lado de la prisión casi como un susurro, pero fue lo suficientemente audible para que lo oyera y me detuviera a escuchar. O quizá simplemente había reconocido el llamado en mi cabeza. Había una persona, y una persona solamente que era capaz de pronunciar mi nombre de esa manera. Me asomé todo lo que pude a los barrotes.

-¿William?

Del otro lado de la prisión, tan cargado de cadenas que no podía moverse, débil y casi desfallecido, mi creador esbozó una sonrisa frágil.

-Mi muchacho precioso… has venido por mí…

Capítulo LVI

La noche elegida para el ataque el ataque fue la noche más fría del otoño. Tratamos de elegirlo lo más cerca posible del invierno, para tener más horas de oscuridad, pero llegamos al punto en que Raymond dedujo por las conversaciones que no podíamos postergarlo más.

-Están hablando de un “traslado” a Nueva Jersey. Si los dejamos, lo perderemos – dijo, sin especificar si se trataba de la droga o de William, o quizá de ambos.

Pasé el día con Frankie, quién me hizo repetir una y otra vez la promesa de que regresaría. Él se quedaría con Raymond y el equipo de vigilancia en casa de Elenor, pero de todos modos, su ansiedad era comprensible: tendría que enterarse del resultado de todo de segunda mano, por boca de Raymond. Y si la misión llevaba tantas horas como calculábamos, no volveríamos a estar juntos hasta haber pasado todo el día. Era algo que ninguno de los dos estaba listo para soportar. Hicimos el amor con toda la fuerza de nuestra angustia y nos dormimos en brazos del otro, más cerca de lo que nos habíamos sentido jamás.

Tuve un sueño inquietante. Son extrañas las veces que los vampiros soñamos, y cuando lo hacemos, siempre nos damos cuenta que estamos en un sueño, y por lo general, somos capaces de cambiar su rumbo a voluntad, o al menos, de no tomarnos en serio las imágenes que vemos. Pero este sueño fue diferente, fue mortificante y hasta cierto punto, aterrador para mí.

Frank y yo estábamos en una especie de castillo ruinoso y decadente, sus paredes oscuras estaban cubiertas de lo que parecía ser nieve o fango, una sustancia brumosa y escabrosa que se escurría entre los espacios de los ladrillos mal apilados, y cubría el suelo como una gruesa capa a la que nuestros pies arrancaban crujidos a medida que avanzábamos corriendo por los pasillos. Nuestras respiraciones estaban agitadas – extraño también, pues no recordaba en realidad la última vez que me agité solo por correr – y la mano con que Frank se aferraba a la mía se sentía húmeda de sudor y sangre.

No tenía idea de qué hacíamos allí, pero lo único que sabía era que estábamos corriendo por nuestras vidas, corríamos por nuestro destino, para permanecer juntos, para salvarnos. Por el rabillo del ojo, podíamos vislumbrar unas figuras oscuras y casi tan etéreas como el sueño mismo, persiguiéndonos, acechándonos, riendo a veces por lo bajo como si toda aquella cacería no fuera más que un deporte para ellos, como si supieran lo inútil de nuestra desesperación mientras avanzábamos pasillo tras pasillo en aquella laberíntica fortaleza, buscando en vano una salida que no podía ser encontrada.

Finalmente, las figuras oscuras se cansaron del juego, y se lanzaron sobre nosotros como una bandada de horribles buitres sobre su presa más reciente. Sus capas revoloteaban, bailando sobre sus cuerpos extraños, y antes de que pudiéramos evitarlo, sus manos huesudas como garras de acero nos aferraron por todos lados, por los tobillos, por los hombros, por el cabello, y tiraron de nosotros hasta separarnos. Me resistí entre los brazos de mis captores, tratando de liberarme, tratando de correr hacia Frank, que se retorcía gritando mi nombre.

Y me resistí hasta que una de las figuras, la más alta y terrible de todas, se adelantó y se paró delante de mí. No pude verle el rostro, solo una sonrisa fría y ancha como la de una calavera. Y lo vi porque levantó el rostro hasta revelar su cuello cubierto por la capa negra. Alzó su largo y retorcido pulgar y se lo pasó lentamente por el pescuezo, de izquierda a derecha.

Un coro de risas desafinadas explotó en el pasillo, mientras una puerta se materializaba detrás de mí y alguien la habría de par en par. Vi con horror el brillo que descendía desde un cielo azul y despejado, un cielo de verano, con el Rey Sol bañando e invadiendo cada centímetro de la oscuridad anterior. Frank gritó con más fuerza todavía mientras las figuras me arrastraban hacia delante, hacia los rayos de sol que acariciaron mi piel como un amante compasivo… antes de empezar a arrancarla con crueldad.

El fuego me atacó por todos lados, y el dolor penetró hasta lo profundo de mi ser, pulverizando mis huesos y aplastando mis órganos, rasguñando mi rostro, arrancándome aullido tras aullido de dolor, mientras detrás de mí todavía podía escuchar la voz de Frank, inundada de horror, llamándome, gritando mi nombre como si aquello pudiera salvarme de la muerte.

-¡Gerard! – lo escuchaba – ¡Gerard!

Los dedos estaban sobre mis hombros otra vez, sacudiéndome. Intenté quitármelas de encima, pero simplemente no se iban, y el sol… el sol se había apagado por completo. Y el dolor, o la lejana impresión del dolor, persistía, pero no había fuego por ningún lado. Abrí los ojos y me tomó unos segundos comprender que estaba mirando directamente hacia las sábanas revueltas de nuestra cama.

-¡Gerard! – la voz de Frank sonaba preocupada, pero no horrorizada, ni chillona como la que había oído – Gerard, ¿estás bien? Estabas gritando…

Las manos me temblaban violentamente cuando conseguí pasarlas alrededor del cuello de Frankie y aferrarme a él, hundir mi rostro en su cabello revuelto y respirar, aspirar su aroma y dejar que me invadiera los pulmones, que me conectara de vuelta a una realidad menos atemorizante que la mi cerebro acababa de pintarme.

-Está bien – murmuré después de un momento – Está bien. Fue solo un sueño.

-Sonaba como un sueño del infierno – comentó Frankie, y su aliento sobre mi garganta tuvo un delicioso efecto calmante.

-Lo fue – murmuré después de un momento.

Decir adiós en medio de la incertidumbre es la peor de todas las despedidas posibles. Frank se aferró a mí hasta dejarme una marca en los brazos y me besó en el cuello con más impotencia que cariño.

-Volveré – le recordé.

-Más te vale – murmuró él, antes de soltarme. Instantáneamente, deseé que no lo hubiera hecho, deseé que hubiera podido quedarme allí para siempre.

Pero, me recordé una vez más, también estaba haciendo esto por él, para que pudiera estar seguro, tranquilo, para que ningún Cazador pudiera obligarlo a hacerse daño a sí mismo, para hacerles devolvernos el alto precio que nos habían hecho pagar por nuestras vidas.

El viaje hacia la fortaleza estuvo lleno de silencio. Raymond había hacheado un par de satélites militares y localizado la fortaleza de los Cazadores en un lugar en las afueras de la ciudad, casi a mitad de camino hacia Jersey, completamente aislado. Aún mejor. No habría ojos curiosos ni manos auxiliadoras para cuando termináramos con ellos.

Dejamos los autos a varios metros en un descampado, y bajamos las hondonadas hasta que pudimos ver la cúpula negra que se alzaba en la lejanía, como desafiándonos, retándonos a que la profanáramos, a que ingresáramos en sus más profundas entrañas, a descubrir los secretos de Mandrae, el Vampiro que se odiaba a sí mismo.

Nos detuvimos a varios metros de donde Raymond nos había indicado que empezaba la capacidad de sus sensores de movimiento. Elenor lucía pálida a la luz de la luna, y su rodete negro no hacía sino resaltar la austeridad del momento.

-Ya saben que hacer – murmuró. A los demás les pareció apropiado que no repitiera sus instrucciones, pero a mí me dio mala espina. Elenor estaba decidida a llevar este plan a cabo, y nos había hecho repetir los detalles aún cuando ya habíamos demostrado que los conocíamos. Que no quisiera repetirlo en el momento crucial, solamente podía significar que la suerte estaba echada.

El primer grupo de cinco vampiros se separó y se adelantó. Su misión era distraer a los guardas exteriores y activar las alarmas, que sonaría lo suficiente para que toda la fortaleza se pusiera en pie. El segundo grupo avanzó veinte minutos exactos después. Activarían la segunda alarma, provocando que los Cazadores tuvieran que dividirse en partidas. Y así los siguientes cinco, cuyos pasos marcaron el comienzo de la batalla. Elenor levantó la barbilla luego de que el último grupo se hubo marchado. La noche silenciosa fue perturbada por el sonido chirriante de las sirenas, que cortaron el aire como cuchillos y turbaron el sueño de una bandada de pájaros nocturnos escondidos en un árbol cercano.

-Y así da comienzo – murmuró Elenor, mientras el aleteo de las aves se perdía en la distancia – Gerard, viejo amigo, ¿será esta nuestra última aventura juntos?

-No planeo dejar que me maten esta noche, Condesa – contesté, con todo el respeto del que fui capaz.

-Ni yo. Esperemos que nuestros planes se cumplan – comentó Elenor. Me dedicó una sonrisa desfallecida y luego, altiva, le dirigió un gesto a Kraig, quien, como su soberbio comandante, dirigió a la tropa hacia la fortaleza.

Finalmente quedaba solo mi grupo parado, observando, esperando.

-Hermosa noche para la venganza, ¿no lo crees, hermano?

-Si no te conociera, Michael, creería que estás haciendo una alusión personal – comenté, contando mentalmente los segundos que nos faltaban para tomar acción.

-Quizá es que no me conoces lo suficiente – dijo Michael con mucha calma. Estiró sus largos dedos aristocráticos y atrapó una luciérnaga en pleno vuelo – Déjame preguntarte algo, si tu temperamento me lo permita… ¿no piensas realmente destruir a William si las cosas se salen de control, verdad?

Hubiera sido tan fácil negarlo, tan sencillo simplemente destruir una vez más las expectativas que tenía Michael de mí. Pero mi obsesión por provocarlo, por quitarle cualquier pequeña victoria que pudiera tener sobre mi ánimo, se interpuso en mi camino. Y eso, me temo, fue la perdición de muchos buenos vampiros y vampiresas, cuyas muertes me pesan más que todas las de mis víctimas humanas.

-No lo sé – dije – Le prometí a Elenor que lo haría.

-Pero no lo harás – insistió Michael – No puedes hacerlo. Tú amas a William.

-Es verdad – admití – Pero, ¿sabes qué amo más que a William? La paz que he logrado en este lugar. La sensación de que pertenezco a un sitio en el mundo y que este me pertenece a mí. Más importante… amo a Frank. Y si para vengar lo que le han hecho, debo mancharme las manos de sangre… bueno, no sería la primera vez.

Michael cambió su peso de un pie al otro. Obviamente, lo había puesto incómodo.

-Tal vez yo no te conozco lo suficiente, hermano – murmuró, con un respeto nuevo que no me causó ninguna clase de placer.

-Esa es nuestra señal – dije, luego de unos segundos – Vamos.

Capítulo LV

Cuarenta y cinco. Cuarenta y cinco vampiros y vampiresas, algunos de los cuales tenían pocos menos poderes que los Cazadores, algunos de los cuáles no tenían la más mínima idea de lo que todo aquello podía significar y solamente se tomaban esto como otra noche de caza. Eso era todo lo que teníamos. Tendría que alcanzar.

-Miren bien a la persona a su lado – pidió Elenor aquella noche – Memoricen sus rostros, memoricen sus nombres. Los Cazadores pueden tener la habilidad de hacerse pasar por vampiros si beben la suficiente sangre, y no queremos que se confundan.

Hubo un murmullo de movimientos que se acalló con rapidez. La condesa se volvió hacia Raymond.

-¿Me haces el honor…?

-¿Qué? Oh, sí – Raymond dio un paso al frente, visiblemente incómodo por tener que hablar en público – Ejem, bien, luego de tres semanas de ataques informáticos, finalmente he conseguido introducirme en la red de información de los Cazadores. Había conseguido sus localizaciones… cuando, lamentablemente, me descubrieron.

-¿Te descubrieron? – gritó alguien desde el fondo – ¿Cómo te descubrieron? ¡Se supone que eres el mejor!

-Bueno, ellos tienen un sistema informático del infierno – se excusó Raymond, aún más incómodo, y varios murmullos de desaprobación y protesta empezaron a moverse por el lugar.

-Oye, deja hablar al vampiro – lo defendió Frankie, y el silencio volvió a reinar en la sala. Raymond carraspeó.

-Gracias… en fin, cuando me atraparon, me las ingenié para insertar un virus indetectable en su sistema que confundió el lugar de donde venía mi señal. Por lo que los Cazadores saben, el vampiro que los espía, si es que es un vampiro, podría estar en cualquier lugar del Área de los Tres Estados.

-Saben que alguien piensa atacarlos pronto – concluyó Kraig – Hemos perdido el factor sorpresa.

-Puede – aceptó Elenor – Pero a cambio ganamos otras cosas. Diles, por favor, Raymond.

-De a poco he ido derribando todos sus sistemas de seguridad – contó Raymond – y ahora básicamente tengo acceso ilimitado a sus cámaras de seguridad, y a los planos de su edificio.

-Tenemos ojos dentro de su fortaleza – señaló Elenor – Por lo que sabremos dónde buscar lo que queremos encontrar.

-Más que eso – Raymond sonrió por primera vez durante su presentación, y desplegó una lámina enfrente de nosotros – Tenemos planos. Así que los que entren sabrán exactamente a donde dirigirse, qué atajos tomar. Si se esfuerzan, podrán moverse por la fortaleza igual que los Cazadores.

-Brillante – murmuré, impresionado – Y contigo vigilándonos desde su propio sistema de seguridad, sabremos evitarlos a ellos también.

-El ataque debe ser pronto, antes de que decidan mover lo que buscamos a otra localización – aportó Kraig.

-Eh, disculpen, pero… ¿qué es exactamente lo que estmaos buscando? – preguntó tímidamente una joven vampiresa.

-Las reservas de Demonio Azul – explicó Raymond, señalando un lugar en el plano – Las esconden en el Ala Oeste. Son demasiadas para robarlas… así que habrá que quemarlas.

-La otra cosa que estamos buscando – dijo Elenor, y tomó aire. Era la primera vez que íbamos a revelar nuestra sospecha – es al único vampiro sobreviviente de la Primera Generación. Creemos que William fue raptado y están utilizando su sangre para aumentar los poderes de los Cazadores. Así que debemos rescatarlo… vivo, idealmente.

-¿Idealmente? – repitió Michael, incrédulo, pero los demás ya estaban prestando atención a otra cosa.

-No he visto rastros de William en mi vigilancia – informó Raymond – Pero hay un lugar que no tiene cámaras instaladas – explicó, mientras señalaba lo que parecía ser una cámara circular, justo en el centro de la estructura – La prisión. Si William, o cualquier otro vampiro, está en algún lugar de la fortaleza, tiene que ser ahí.

-Gerard y Michael liderarán un equipo de rescate – siguió diciendo Elenor – Otro grupo se dirigirá hacia las reservas de Demonio Azul y se encargará de destruirlas. El resto de ustedes, entrarán y crearán distracciones en los distintos puntos de la fortaleza para mantener a los Cazadores alejados de nuestros puntos de acción hasta que hayamos cumplido nuestros objetivos.

Siguieron largos detalles del plan que Elenor había creado y organizado con los detalles y la precisión de una deliciosa coreografía de ballet. No necesitaba prestarle atención. Ya sabía como se suponía que iba a ocurrir todo y qué papel cumpliría yo. Ni bien cayera el atardecer, nos dirigiríamos hacia la fortaleza, y entraríamos tan rápido como pudiéramos. Michael, yo y otros seis vampiros (Elenor insistió en que el grupo encargado de dicha misión debía ser el más grande, porque era simplemente vital que se cumpliera) nos abriríamos paso hasta la prisión, entraríamos y sacaríamos a William si lo encontrábamos allí.

Luego tendríamos que salir tan pronto como Kraig y su grupo, los encargados de prenderle fuego a la droga, dieran la señal de que debíamos abandonar el edificio antes de que las llamas se expandieran. De acuerdo a Raymond, calculando la inflamabilidad de la fortaleza y el hecho de que los Cazadores estarían demasiado ocupados para apagar el fuego, tendríamos aproximadamente quince minutos antes de que el fuego llegara a la parte central del edificio. Tendríamos que salir como fuera, lo principal era William, si había otros vampiros allí que no pudieran seguirnos el paso, tendríamos que abandonarlos.

Si salíamos cerca del amanecer, Elenor había dispuesto un refugio seguro para escondernos a pasar el día hasta que pudiéramos volver a movernos. Todo estaba bajo control. Por supuesto, sonaba mucho más fácil de lo que sería. Elenor tendía plena confianza en que yo podría realizarlo. Y yo tendría plena confianza en que saldría de allí vivo, cualquiera fuera el resultado de la misión… porque tenía un poderoso motivo para regresar. Frank no iba a ir a conmigo.

Se había horrorizado cuando descubrió que no tenía intenciones de llevarlo conmigo, y me había rogado por todo lo que se le ocurrió, que no lo dejara afuera de esto.

-¡Déjame unirme, por favor! – me había pedido con una voz temblorosa que me penetró hasta el fondo del corazón – ¡Déjame ir contigo!

-No – había contestado yo, aunque no sonó tan firme como hubiera querido – Frank, ¡de ninguna manera! ¿Cómo puedes pedirme algo como eso?

-Soy rápido – había empezado a enumerar Frank – Tengo el oído más agudo que todos ellos, tú me has enseñado a tantear cosas con la mente… ¡puedo hacerlo!

-No, no puedes – argumenté yo – ¿Qué tal si te ataca un Cazador que haya consumido la sangre de William? ¡No podrás sentirlo, porque tiene la misma sangre que yo!

-¡Me defenderé!

-Frank – di un paso adelante y le puse ambas manos en el rostro – Frank, no podrás hacerlo…

-¿Qué le pasó a no tener compasión de mí mismo? – preguntó Frank, obviamente molesto – ¿Qué pasó con…?

Antes de que pudiera terminar, lo besé para acallarlo.

-Por favor, por favor, no insistas – ahora era yo el que estaba rogando con desesperación – Por favor, ¡entiéndelo! ¡Si algo te pasara, jamás podría perdonármelo! Frank, no soportaría perderte… no así…

-Tengo que ir contigo – suplicó Frank – No puedo quedarme toda la noche, todo el día esperándote… sin saber si lo lograste o si… sería… sería la primera noche que estaríamos separados desde que…

-Desde que te encontré – completé, entendiendo a donde quería ir, y lo abracé con fuerza – Lo sé. Pero te lo imploro. Es demasiado peligroso.

Frank me había devuelto el abrazo con la misma pasión.

-Está bien. Está bien – accedió al fin – Pero prométeme… prométeme que volverás a mí.

-Te lo juro – contesté yo, antes de besarlo una vez más.

-¿Lo entiendes, Gerard?

La voz de Elenor resonó en mi cabeza con toda la autoridad de su condición. Levanté la vista hacia ella.

-Lo entiendo. Guiar a mi unidad hasta la prisión y liberaré a William de ser posible.

-¿Si alguien sale herido o es atacado…?

-… no debemos detenernos. El tiempo es precioso.

-¿Si encuentran a William…?

-Sacarlo de allí con la mayor diligencia posible.

-¿Y si te encuentras en un apuro?

Suspiré profundamente. Esperaba no tener que llegar a ese momento, pero Elenor no se tranquilizaría a menos que supiera que yo recitara sus instrucciones a la perfección.

-Hacer todo lo posible para que la sangre de William no caiga en manos de los Cazadores – dije, e ignoré la mirada horrorizada que me dirigía Michael – Incluso si eso significa… destruirlo.